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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Granada: mi niñez con mi memoria VI



( sexto capítulo )


Los de la casa grande me buscaban a gritos. Con los ojos cerrados, no oía las voces, sólo sus ecos, que nada significan cuando estás aprendiendo a sobrellevar la fútil inconsistencia de la vida y costumbres de los hombres hechos.

A la tercera noche salí trepando por la soga del pozo que amarra el cubo y se enrosca en la garrucha. Me senté a cenar, envuelto en colosal albornoz de mi abuelo, en un extremo de la apostólica mesa de la sala de comer de la gran casa granadina.
Con cara de vinagre, padre me dijo:

-¿Probarás también a vivir en el estanque de cocer el lino?

Callé. El ambiente no estaba para ser sincero. Y el agua del estanque del lino olía a huevos podridos. Además, trazados estaban ya los objetivos, la estrategia y los planes tácticos del verano siguiente. Se trataba de conocer los aljibes de las caserías vecinas, pero sin tocar tierra.

Estaba convencido de que ello era posible utilizando la red de acequias planificada por los árabes. Tampoco descartaba la existencia de túneles secretos que uniesen entre sí los viejos aljibes del tiempo de los moros.

Abonaba mi tesis la circunstancia de haber comprobado, en mi encierro de espiritual terapia acuática, la existencia de una boca de túnel del que sólo me atreví a recorrer unos metros, pues su inclinación descendente hacía que enseguidita quedara uno por completo sumergido. Para avanzar hubiera necesitado gafas de bucear, una bombona de hombre rana y una linterna sumergible. Tres utensilios que no eran fáciles de obtener en la postguerra, si bien yo confiaba en que, con buenas notas y la ayuda financiera de un tío mío que había explorado en su juventud las fuentes del Orinoco, la empresa fuera factible. Vamos, que a no tardar pudiera comprar las tres vainas esas.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Mi ovejita Guillermina


(Guillermina, antes de ser adoptada por mí; foto del autor)


Aquella Navidad, o la siguiente, me empeñé en subir a casa una ovejita viva. Para que viese un belén instalado en todo su esplendor. Pensaba yo que a la oveja bebé le gustaría conocer los campos de Galilea, de Samaria y de Judea, representados en época en que no daban tanto el coñazo los palestinos y los israelitas como lo hacen ahora. Esto último no es tan así, porque años más tarde, cuando me dedicaba a espiar para el Mossad, me enteré de que ya por entonces andaban tirándose unos y otros de los pelos, pero yo a la sazón no lo sabía. Si lo hubiera barruntado, me hubiera hecho el longui y localizado los exteriores del nacimiento en Murcia, que es región bien hermosa y tiene de todo. Montañas altas, desiertos bravos, huerta exhuberante y un mar de miniatura, cual menuda alga brillante y plateada de sal.

Nuestro castillo de Herodes era un puro despropósito, porque mi hermana pequeña se empeñó en poner uno tan grande que deshacía toda la armonía y proporciones del conjunto. A mí me parecía una burrada dar tanto protagonismo a un señor malafollá, que había mandado degollar a no sé cuántos niños santos e inocentes. Nunca entendí qué narices tienen que ver los artículos de broma que ahora venden los chinos del todo a cien, con la conmemoración del holocausto de esos niños inocentes.

La ovejita lucera tenía carita de azucena y provenía de un rebaño que pasaba por nuestra calle de cuando en cuando porque mi querida calle era, y sigue siendo, una cañada o servidumbre de paso para ganado. Recolecté de entre los hermanos veinticinco pesetas, que cambié a Casilda la panadera para juntarlas en un hermoso billetito de los de color morado. Esperé a que pasara el rebaño, que lo hacía todos los jueves, y metí al pastor en su zurrón la tela marinera del ala y ¡hala! para mí la ovejita.





Monté al corderito en mis hombros y trepé por la escalera de servicio, pues me dio por recelar si, en el montacargas, no se me marearía la criatura. Soy muy considerado con la cosa de los mareos por padecer de ellos, tanto en coche, como en tranvía, avión o tren. Tengo el mal de mar hasta en la bañera, cuando me capuzo para enjuagarme el pelo, que en aquellos heroicos tiempos lavaba con champú de brea de marca Sindo. Era un mejunje laborioso de aplicar tanto por ir en unos sobrecitos que debían ser cortados por los extremos, como por picar en los ojos más que enchilada en la mucosa gástrica.La ovejita se aclimató bien a la casa y gustaba de mirar conmigo el belencico, aunque prefería mamar de la tetina de unos riquísimos biberones que yo le preparaba, a base de Pelargón y leche de la Granja Poch. Para mí que el animalillo creía que yo era su mamá, sobre todo porque le metía a dormir conmigo debajo de las sábanas y me bañaba con él en la bañera grande, para no desperdiciar el agua caliente, que entonces era un bien muy preciado por escaso.

Me gustaba cuando balaba la ovejita ¡¡beeee!! y yo le contestaba ¡¡baaa!! En suma, lo que pudiéramos considerar como una inteligente conversación. Me sabía a musiquilla celestial ese dulce balar. Todavía lo echo de menos. Mi ovejita y yo éramos niños limpios que olíamos a rosas del campo. Su lanilla era más suave que el vello de una cabra de Cachemira.

Oía yo rezongar al cuerpo de casa sobre mis costumbres y aficiones, murmullos que arreciaban cuando la oveja dejaba sus cagarrutas en el pasillo o donde le diera la real gana. El mayor disgusto de mi infantil infancia me lo propinó mi padre cuando decidió, en la octava de Reyes, que ya estaba bien de contemplaciones y de pamplinas y que la oveja fuera enviada por Auto Transportes Andalucía al convento de las monjas clarisas capuchinas de San Antón, en Granada capital. ¡A saber en qué asiento me la acomodaron para aquel viaje sin retorno! ¡Probetica!

Llegado que fue el verano siguiente, nada más desembarcar en Los Cipreses, decidí ir a casa de las monjitas por abrazar a mi lucerita, a quien había puesto de nombre Guillermo, por cariño al proscrito personaje de Richmal Crompton. Infeliz de mí, no daba importancia a los caracteres diferenciales de una oveja macho respecto de los de una hembra y parece que en mi casa tampoco eran duchos en ese arte. Oséase, que podía ser Guillermina. Ya he contado que en mi familia las cosas del sexo no se explicaban porque eran pecado. Y los pecados no tienen explicación, teologías aparte.

Con la tata Mariana agarré un tranvía en la parada del Cerrillo de Maracena y, después de trasbordar en la avenida de Calvo Sotelo, me plantifiqué en la calle Recogidas para dar un beso en los morros a mi Guillermina. Con la recta intención, eso sí, de preguntar luego por tía Emilia.


Esto último me daba cierta fatiga porque, como era monja de clausura, de las fetén, las visitas se perpetraban en una salita encalada, donde había una oquedad guarnecida con tres o cuatro barreras de rejas, la última de las cuales, esto es, la más cercana al visitante, tenía unos pinchos de tamaño natural. No estoy tuerto hoy en día porque, prudente de mí, cubría con un pañuelo de hilo egipcio el pincho más cercano al ojo que mantenía abierto. El otro ojo quedaba cerrado y sin luz hasta bien terminada la visita.

Sale mejor comprometer un cincuenta por ciento de tus capacidades, antes bien que el cien por cien. Mi tía era bajita, es decir, enana, lo que dificultaba aún más su reconocimiento sin ningún sistema de ayuda técnica para la navegación. Sor Emilia debía tener su guasa, pues una tarde, entre un ora pro nobis y un miserere nobis, preguntó a mi madre si yo era tuerto de nacimiento o sobrevenido.

Hoy es el día, decenios después de aquel asesinato, en que no he conseguido que nadie de la familia cante la gallina. Digo yo si será cosa de la ley de la “omertá”, como en la mafia. Pero a mí nadie me la da con queso, pues sé muy bien cuántas púas tiene un peine. Sostengo que la oveja fue engordada por las monjitas, quienes se la jamaron tal que el día del santo de la madre abadesa. Si alguien tiene prueba en contrario, que la aporte ahora o calle para siempre. ¡Anda que no le dieron matarile!


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Mi huerta


( foto Masao Yamamoto)



En el quinto año de la séptima década del pasado siglo determiné pasar el estío en compañía de nadie. Polvo, sudor y hierro, en el jodido secarral de la meseta castellana. Terminaría así unos estudios universitarios que me tenían harto. Harto de tanta anormalidad artificial. Fue mi primer verano sin veraneo.


Otro propósito, genuino y no confeso, era el de labrar un huerto en el piso paterno, vacío durante la canícula.

El primer designio no requería sino de unas horas de estudio cada madrugada, a menudo sentado en el balcón, por si se levantaba la fresca, que no lo hacía ni con las claritas del día. Desde siempre, las alboradas han sido para mí la parte final de la noche, nunca comienzo del día. Me gusta atar la luna con el sol.

El segundo empeño fue planificado meses antes con rigor y disciplina cisterciense. Consistía en convertir mi dormitorio, el contiguo y el medianero cuarto de estudio, en un diminuto huerto. Recogería sus frutos a finales de septiembre, antes de la vuelta de mi familia y demás bichos.

Pero había más. Algo que constituye el nudo de esta historia. Quería que mi gran secreto, mi mayor tesoro, medrase un tiempo en mi suelo.

El tesoro databa de mucho antes de Cristo, pues era contemporáneo de Buddha.

Un tío abuelo mío, por parte de madre, se había casado con una maharaní hindú, a quien llevó a vivir a Granada desde las lejanas orillas del río Jhalum, en el valle de Cachemira.

No tuvieron hijos y sí un gran afecto por mí. Me contaban historias preciosas de la India, de los vedas y del budismo. Alguna vez me sentaron a meditar con ellos en el carmen que tenían por el Albaicín. Yo era un crío que gustaba del silencio y conseguía poner la mente tranquila y calma, lo que me procuraba paz y bien.

Una tarde de Corpus andaba yo con los maharanís en su carmen, cuando llegó el mecánico de casa para llevarme a no sé qué gaita familiar. Me disgusté mucho, pues los tíos me iban a hablar a la puesta del sol del Buddha niño, cuando todavía se llamaba Siddhartha Gautama. Para consolarme, mi tío me tomó de la mano y me llevó a su torre‑estudio, clausurada siempre por una llave de plata que colgaba de su cuello y de un cordón trenzado con hilos de oro y seda magenta.

( continuará...)

domingo, 12 de junio de 2011

Deseos de mujer



Mi amiga, paisana y escritora María Ángeles García Garrido, a petición mía, me envía este delicioso texto, alegre y sutil réplica a uno que escribí sobre los deseos de un hombre. Allá van los anhelos de una gran mujer:

"Mis deseos de mujer son:

Permanecer en un cuerpo joven de mujer eterna en la edad de saber lo que es la vida y de merecer, para que no me den gato por liebre, tener medidas de mujer 10, 90-60-90, las mismas que tenía cuando moceaba.

Alegría de vivir siempre, conocimiento, poder personal, libertad, sexo, igualdad, apreciación, optimismo, salud, familia, amigos, dinero, amor, paz y ser generosa compartir con los demás; cuando me cansara de ser mujer 10 eterna, convertirme en vaca sagrada hindú.

Deseo que mi esposo, mis hijos y yo, incluidos mi perro Chico y mi gata Blanquita, tengamos todos larga vida, ser madre de una hija o de dos, tener una guardería de niños y niñas para que la especie humana perdure y un zoológico de animales, un acuario gigante con peces de todos los colores y tamaños para poder bucear dentro de vez en cuando.

Deseo un cocinero, un peluquero- maquillador, un salón de masajes con masajista, guardaespaldas, socorrista, una ambulancia de emergencias con médico incluido, una piscina de agua caliente cubierta, tener un jardín y huerto con árboles frutales cuidado por un jardinero, una cama de agua caliente en invierno y de agua fría en verano para mi solita.

Varios robots que realicen todas las tareas domésticas a la perfección y con pulcritud en las casas, de la montaña, de la isla privada paradisíaca, de la casa de cristal y del castillo rojo, para que estén en perfecto estado para habitarlas en cualquier momento.

Disponer en el momento de todos los medios de locomoción privados, para poder viajar por el mundo cuando lo desee en avión, tren, barco, globo, un mercedes con chofer, moto, bicicleta, que no falten burros, camellos, dromedarios, caballos, carruajes con sus cocheros por si se agotara la gasolina y un columpio para columpiarme.

Una tarjeta Visa de oro que nunca tenga números rojos y propietaria de unos Bancos con muchos lingotes de oro, en este mundo en el que el dios don dinero es el que manda y compartir con los que no tienen.

Un castillo rojo con torres y vistas a Sierra Nevada, con música y obras de arte, un despacho para escribir y leer con muchas estanterías llenas de libros, lápices y hojas de papel en la mesa de escritorio, que la musa de las letras no me abandone nunca escribiendo en mi blog el blog de MA, con un ordenador personal e internet para conectar en tu blog “Casa de citas”.

Deseo un harén de hombres de todas las razas y culturas del mundo, altos, guapos, jóvenes, mayores, rubios, morenos, castaños, pelirrojos, albinos y de pelo blanco incluidos calvos y yo ser la reina mora del lugar.

Tener una casa de cristal flotando en el mar con las paredes de cristal que protejan del sol donde la luz siempre esté luciendo natural y de noche la ilumine la luna con las estrellas y luceros, por supuesto de vez en cuando que vengan mis amigas a visitarme para dar alguna fiestecilla loca en el harén de hombres con música, desmadre incluido, canapés y brindar con buenos vinos españoles y champaña francés, que la fiesta no pare… Fiesta y más fiesta.

Son mis deseos locos de mujer.

P.D. Te devuelvo la lámpara de Aladino con mis deseos de mujer, para que sigas pidiendo más deseos de hombre."




Que no se me olvide: el enlace al blog de MA es este:
http://elblogde-ma.blogspot.com/


La foto de arriba es de Belle Vere Vogue Italia y la de abajo no lo sé y lo siento, porque es preciosa. La obtuve navega que te navega...y se me fue el santo al cielo.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Mi ovejita Guillermina


Aquella Navidad, o la siguiente, me empeñé en subir a casa una ovejita viva. Para que viese un belén instalado en todo su esplendor. Pensaba yo que a la oveja bebé le gustaría conocer los campos de Galilea, de Samaria y de Judea, representados en época en que no daban tanto el coñazo los palestinos y los israelitas como lo hacen ahora. Esto último no es tan así, porque años más tarde, cuando me dedicaba a espiar para el Mossad, me enteré de que ya por entonces andaban tirándose unos y otros de los pelos, pero yo a la sazón no lo sabía. Si lo hubiera barruntado, me hubiera hecho el longui y localizado los exteriores del nacimiento en Murcia, que es región bien hermosa y tiene de todo. Montañas altas, desiertos bravos, huerta exhuberante y un mar de miniatura, cual menuda alga brillante y plateada de sal.

Nuestro castillo de Herodes era un puro despropósito, porque mi hermana pequeña se empeñó en poner uno tan grande que deshacía toda la armonía y proporciones del conjunto. A mí me parecía una burrada dar tanto protagonismo a un señor malafollá, que había mandado degollar a no sé cuántos niños santos e inocentes. Nunca entendí qué narices tienen que ver los artículos de broma que ahora venden los chinos del todo a cien, con la conmemoración del holocausto de esos niños inocentes.

La ovejita lucera tenía carita de azucena y provenía de un rebaño que pasaba por nuestra calle de cuando en cuando porque mi querida calle era, y sigue siendo, una cañada o servidumbre de paso para ganado. Recolecté de entre los hermanos veinticinco pesetas, que cambié a Casilda la panadera para juntarlas en un hermoso billetito de los de color morado. Esperé a que pasara el rebaño, que lo hacía todos los jueves, y metí al pastor en su zurrón la tela marinera del ala y ¡hala! para mí la ovejita.



 Monté al corderito en mis hombros y trepé por la escalera de servicio, pues me dio por recelar si, en el montacargas, no se me marearía la criatura. Soy muy considerado con la cosa de los mareos por padecer de ellos, tanto en coche, como en tranvía, avión o tren. Tengo el mal de mar hasta en la bañera, cuando me capuzo para enjuagarme el pelo, que en aquellos heroicos tiempos lavaba con champú de brea de marca Sindo. Era un mejunje laborioso de aplicar tanto por ir en unos sobrecitos que debían ser cortados por los extremos, como por picar en los ojos más que enchilada en la mucosa gástrica.

La ovejita se aclimató bien a la casa y gustaba de mirar conmigo el belencico, aunque prefería mamar de la tetina de unos riquísimos biberones que yo le preparaba, a base de Pelargón y leche de la Granja Poch. Para mí que el animalillo creía que yo era su mamá, sobre todo porque le metía a dormir conmigo debajo de las sábanas y me bañaba con él en la bañera grande, para no desperdiciar el agua caliente, que entonces era un bien muy preciado por escaso.

Me gustaba cuando balaba la ovejita ¡¡beeee!! y yo le contestaba ¡¡baaa!! En suma, lo que pudiéramos considerar como una inteligente conversación. Me sabía a musiquilla celestial ese dulce balar. Todavía lo echo de menos. Mi ovejita y yo éramos niños limpios que olíamos a rosas del campo. Su lanilla era más suave que el vello de una cabra de Cachemira.

Oía yo rezongar al cuerpo de casa sobre mis costumbres y aficiones, murmullos que arreciaban cuando la oveja dejaba sus cagarrutas en el pasillo o donde le diera la real gana. El mayor disgusto de mi infantil infancia me lo propinó mi padre cuando decidió, en la octava de Reyes, que ya estaba bien de contemplaciones y de pamplinas y que la oveja fuera enviada por Auto Transportes Andalucía al convento de las monjas clarisas capuchinas de San Antón, en Granada capital. ¡A saber en qué asiento me la acomodaron para aquel viaje sin retorno! ¡Probetica!

Llegado que fue el verano siguiente, nada más desembarcar en Los Cipreses, decidí ir a casa de las monjitas por abrazar a mi lucerita, a quien había puesto de nombre Guillermo, por cariño al proscrito personaje de Richmal Crompton. Infeliz de mí, no daba importancia a los caracteres diferenciales de una oveja macho respecto de los de una hembra y parece que en mi casa tampoco eran duchos en ese arte. Oséase, que podía ser Guillermina. Ya he contado que en mi familia las cosas del sexo no se explicaban porque eran pecado. Y los pecados no tienen explicación, teologías aparte.

Con la tata Mariana agarré un tranvía en la parada del Cerrillo de Maracena y, después de trasbordar en la avenida de Calvo Sotelo, me plantifiqué en la calle Recogidas para dar un beso en los morros a mi Guillermina. Con la recta intención, eso sí, de preguntar luego por tía Emilia.



Esto último me daba cierta fatiga porque, como era monja de clausura, de las fetén, las visitas se perpetraban en una salita encalada, donde había una oquedad guarnecida con tres o cuatro barreras de rejas, la última de las cuales, esto es, la más cercana al visitante, tenía unos pinchos de tamaño natural. No estoy tuerto hoy en día porque, prudente de mí, cubría con un pañuelo de hilo egipcio el pincho más cercano al ojo que mantenía abierto. El otro ojo quedaba cerrado y sin luz hasta bien terminada la visita.

Sale mejor comprometer un cincuenta por ciento de tus capacidades, antes bien que el cien por cien. Mi tía era bajita, es decir, enana, lo que dificultaba aún más su reconocimiento sin ningún sistema de ayuda técnica para la navegación. Sor Emilia debía tener su guasa, pues una tarde, entre un ora pro nobis y un miserere nobis, preguntó a mi madre si yo era tuerto de nacimiento o sobrevenido.

Hoy es el día, decenios después de aquel asesinato, en que no he conseguido que nadie de la familia cante la gallina. Digo yo si será cosa de la ley de la “omertá”, como en la mafia. Pero a mí nadie me la da con queso, pues sé muy bien cuántas púas tiene un peine. Sostengo que la oveja fue engordada por las monjitas, quienes se la jamaron tal que el día del santo de la madre abadesa. Si alguien tiene prueba en contrario, que la aporte ahora o calle para siempre. ¡Anda que no le dieron matarile!

lunes, 11 de octubre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! XII


( capítulo duodécimo )

Me dediqué a otros aprendizajes. Antonio Ron, mi amigo comunista, volvióse inseparable compañero. Impecune, divertido y culto, padecía de “pájaras negras” según su autodiagnóstico. Hoy diríase que tenía tendencias depresivas. Siempre conmigo, incluyendo guateques y visitas a “los salones bien” de Madrid. Era brillante si estaba de buen humor. Si estaba “down”, podía ser corrosivo y destructivo. Por contra, mi sangre latía a toda pastilla y yo estaba vivo hasta durmiendo. Dado que para mí era evidente que el universo, ya sea en expansión o en contracción, tiende al caos, cuando éste se aproximaba, yo buscaba a Ada, porque ella era la última línea defensiva.


Si el Ron se ponía depresivo nos largábamos los tres al pueblo de Brunete, y, en Casa Campa, nos metíamos para el cuerpo sendas perdices estofadas y una arroba de vino tinto manchego con sifón. Luego pasábamos la tarde en la finca de mon père. Chimenea si invierno, piscina si verano.

Por entonces andaba yo en un Mini Morris 1275 cc. ¡Qué digo andaba, volaba! El Ron y yo, cuando se terciaba y teníamos efectivo, nos largábamos al Mar Menor, a jugar al póker en la fonda Neptuno de mi amigo Inocencio, entonces “compadre” del alma. Pagué la última letra del coche cuando terminé Derecho para ingresar en la Escuela de Cine. Al revés: acabé la carrera cuando pagué la última letra. Y cumplí con el obligatorio servicio militar. ¡Qué inútil desperdicio de tiempo!


Ada y yo obtuvimos el premio extraordinario de licenciatura o de fin de carrera o como se llamara o llamase. El de ella, en la rama de Derecho Público. El mío, en la del Derecho Privado. Sin hacer alharacas. Nos entrevistaron en los diarios “Arriba”, de color azul falangista y “Ya”, amarillo Vaticano. Conservo la foto de ambos periódicos. En la de Ada añadí, para mi álbum, este pié:


“…inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece…”

¿De quién tomé los versos? ¿De Fray Luis de León, quizás?


Sigo en el mundo del cine, ahora más bien en el de la TV. Un crítico más mejor que los demás escribió un día sobre mi obra: “…su cine es literario y su literatura, cinematográfica, pues no consigue separar ambos géneros”. ¡Qué cabrón! ¡Vaya manera de afinar! Mi literatura... Sí, también escribo. Guiones para series de televisión. Guiones nutricios, que me permiten seguir viviendo en mi barrio de nacencia. Alguna colaboración para Prisa, donde piensan que soy un ácrata de salón. Un señorito desclasado, pero señorito a la postre. ¡Qué “quedrán”! que dicen en Granada.

lunes, 9 de agosto de 2010

EL HUERTO INMEDIATO VIII



( capítulo VIII )

Descarté el goteo y los aspersores por instinto de conservación. De mi persona, no del huerto.

Mi idea-fuerza era simple. Se trataba de meter un trozo de la vega de Granada en una residencia en el barrio de Salamanca de Madrid, y cultivar así una serie de hortalizas cuyos frutos me comería antes de que el otoño me devolviera a la tozuda realidad familiar y universitaria.

Subí, siempre con nocturnidad y alevosía, los plantones crecidos en semilleros y las semillas de aquellas hortalizas que se pueden sembrar directamente en la tierra. Las matas eran de berenjenas, melones, pimientos y tomates. Las semillas que no habían pasado por intermediario alguno eran de judías, habas y zanahorias.

Embutir un pedazo de campo en aquel apartamento suponía interiorizar en mi mundo el universo exterior. Entiéndase bien, en un sentido físico, no metafísico. No conseguí totalmente poner de acuerdo la vida externa con la interior y lo que logré fue con sufrimiento y sobre todo con soledad.

Días enteros hubo en que no cambié palabra con nadie salvo conmigo, que tampoco era nadie. Pero sí afirmé mi libertad, mi independencia y mi total disponibilidad hacia mi yo, que sólo se casaba con mi propia opinión. Defendía mi alma secreta con constancia de jornalero. En aquellos meses mayores y de fuego yo me metí en sus brasas. Tieso que tieso.
                                                              ( ilustración Pedro Cano )

jueves, 24 de junio de 2010

LA NOCHE MÁS ORIENTAL VIII



( capítulo octavo )

En la grisura de aquellos tiempos antiguos y étnicos no siempre había agua corriente, ni caliente, ni constante, ni al instante. La hornilla de carbón de la cocina calentaba el agua de un depósito encima de ella colocado. Muchos y muchos metros de pasillo desde allá hasta la bañera. Tuberías de plomo o de hierro, que no de cobre. La alcachofa de la ducha cegada por la cal del agua. Cortes de agua. Restricciones de posguerra. Una tardenoche pregunté:

- ¿Por qué sale agua marrón del lavabo?

- Son las obras del Canal de Isabel dos palitos, respondió la yaya.

Así llamaba mi aña a Dª Isabel II. Se conoce que los naturales de Ventas con Peña Aguilera no saben de números romanos, ni falta que les hace. La yaya Sagrario utilizaba un argumento inapelable y contundente para obligarte a llevar la ropa interior siempre limpia:

- ¿Llevas puesta la muda que coloqué anoche al pié de tu cama? ¿Y si te pasa cualquier cosa en la calle?

Me gustaba cuando balaba la ovejita ¡¡beeee!! y yo le contestaba ¡¡baaa!! En suma, lo que pudiéramos considerar como una inteligente conversación. Me sabía a musiquilla celestial ese dulce balar. Todavía lo echo de menos. Mi ovejita y yo éramos niños limpios que olíamos a rosas del campo. Su lanilla era más suave que el vello de una cabra de Cachemira.

Oía yo rezongar al cuerpo de casa sobre mis costumbres y aficiones, murmullos que arreciaban cuando la oveja dejaba sus cagarrutas en el pasillo o donde le diera la real gana. El mayor disgusto de mi infantil infancia me lo propinó mi padre cuando decidió, en la octava de Reyes, que ya estaba bien de contemplaciones y de pamplinas y que la oveja fuera enviada por Auto-Transportes Andalucía al convento de las monjas clarisas capuchinas de San Antón, en Granada capital. ¡A saber en qué asiento me la acomodaron para aquel viaje sin retorno! ¡Probetica!