domingo, 22 de mayo de 2016

¡Utilízame!


(fotos Darren Ankenman)

¡Utilízame!                                                                              

Nota del autor

Advierto a mis improbables lectores que esta historia autobiográfica es auto-ficción y también pura realidad novelada

Primera parte

Mujer de espinas y miel, que tan dulcemente abrazas… ¿por qué te cuesta tantísimo ser abrazada por los brazos de alguien que sea más que un hombre-amigo? ¿Es acaso la carencia de amor en tu infancia la que te duele? 

Antiguo rigor de madre seca, que no mece, que no estruja a la hija que marchó de casa, con los ojos de ver mundo, pero sin atesorar años de ternuras suficientes, que tan solo contaba con diecisiete. Más que rigor, la sequedad de la madre es una cadena. Una condena. Tampoco fue bien-amado, en la casa de aquella familia de entonces, aquel hombre-padre que susurraba a la niña: ¡un año más, aguanta un año más! La hermana se sumerge, sobrevive de sí misma, se torna invisible como hermana.
 

Y el padre-hombre murió sin mar, sin escritura propia, sin sueños, sin hija, huérfano de abrazos de tiernos brazos. Al hermano le sobra y basta la provincia.
 

La niña tiene ahora, en los tiempos modernos, algunos años más que cuando se asomó al mundo de afuera. Pero su cuerpo no ha cumplido años, al menos exteriores, de los que se ven con el tacto.
 

¡Quién fuera novio de una novia que oliera a ella, que oliera como ella! Olor perfecto, olor de niña. Olor de piel tostada por fuera y cruda por dentro ¡Piel de niña, sexo de niña, pechos blancos de tiesos pezones sin hollar!
 

Mujer-niña con permanente ceño fruncido, de perenne mueca de determinación en su boca que sabe virgen, de dedo en la barbilla que ausculta una improbable espinilla de antigua adolescente.
 

¡Tu mano, tu olor a limpio, tu distancia presente y presentida!
 

Voz que no llora, que te aleja, que no llama, que no viene. No eres mujer de ayer, ni de hoy, ni de mañana, que no estarás… ¡un mañana que siempre auguras peor, incierto, lleno de sufridas tareas, de cansancio!
 

Sin hijo, sin padre, sin amante, sólo amigo, amigos...paseos, cine, alguna charla con ellos, conmigo, que tachas tú de monólogo de mí, de ellos ¡No me dejas hablar! me dices… ¡Me has interrumpido! te oigo decirme.

Y tu venganza: 

 ¡Ya no te cuento aquello que te estaba contando cuando no me dejaste seguir hablando!
 

Tu cuerpo, tus rodillas, tus piernas sin falda… En la cama, no acierto a utilizarte, aunque así me lo pides, a mí, que apenas te tenido y siempre con el temor y la amenaza de perderte.
 

Eres de nunca. Ni de ayer, ni de hoy ni de ningún mañana, que no lo tendremos, no.
 

¡Quién fuera tu padre! ¡quién tu amante! ¡quién tu hijo! ¡quién tu casa, quién tu almohada!
 

Seria, fuerte, seca, preocupada. No temes al lunes, mas te agitas en la tarde del domingo ¡la semana que viene empieza lo peor, repites! ¡el mes que viene vence el contrato! ¡se ha despedido la chica que ayudaba en mi trabajo!

─ ¡De la mano, no, del brazo, y llevándote yo! ¡A tu casa, no! ¡Quiero aire, calle, 
calor! me ordenas.

─ ¡No, no me gusta dormir con otra persona! ¿Cuatro días de viaje? ¿Pasar yo cuatro días enteros con alguien? 

No me parece cortés aclarar a ella que a mí tampoco me gusta compartir lecho para dormir. Los amantes deben descansar cada uno en su guarida, para recuperar así su fuero íntimo, una vez que cesen las caricias y el intercambio de fluidos de amor, que debemos procurar se prolongue hasta la extenuación. Mi ofrecimiento, en contra de mis reglas y costumbres, era fruto de las circunstancias: estábamos en mi casa, eran las cinco de la madrugada, el juego amoroso nos había extenuado.

El asunto de la duración mínima de cuatro días para fugarse de viaje, no es un capricho mío, sino cálculo de precisión y experiencia. La diferencia entre huir de la gran ciudad en el mismísimo momento en que lo hacen dos millones de abejas esclavas o, por el contrario, desaparecer unas horas antes que el enjambre se ponga en marcha, es diferencia cualitativa y no de cantidad. Calidad de vida. 

Y lo mismo es predicable para la vuelta al redil. Ya sé que hay muchas servidumbres que nos atan al rebaño, pero…si una mujer de éxito profesional y libre de cadenas familiares no puede o no quiere saltarse, de tarde en tarde, su rutina y calendario… ¿no debería realizar ciertos ajustes en su programa de vida? Además, en los hoteles es lícito dormir cada uno en su habitación y nadie está obligado a pasar las veinticuatro de cada día con su amante o compañero de escapada, aunque ésta nos haya llevado a Vladivostok.


Segunda parte

Tus dedos de niña, llenos de rayones de bolígrafo, cuentan y cuentan sílabas para imposibles métricas de encorsetados versos.

¡Quién fuera tu padre, tu hijo, tu escritor, tu poeta, un hombre para tu uso! ¡Tu cepillo eléctrico Oral B! ¡Quién te viera desnuda en mi balcón! ¡Quién aguantara tus quince segundos finales antes de venirte! ¡Tu erecto botón sagrado!

Tus patines, tus rodilleras para el parque, tu profesor brasileño, tu maestro de eso que no se aprende en un taller, tu Chueca, tu Malasaña, tu vecino, ese hombre que quiere casarse…Tu bebé, no. Tu hijo, sí. Tu amante, sí. Tu amigo ¡no sé! … ¡no sé!

Me dices:

─ Te llamo esta semana y nos tomamos un café.

Escribes para el taller de escritura: “plantar un tordo, un verraco”. No entiendo nada.

La niña tiene buena mano en la cocina. Abastece mi solitario frigorífico de Adán asilvestrado. Exquisitas verduras asadas, bien colmadas de berenjenas, esa hortaliza morada que me tiene enganchado. Calabacín no, que desprende un jugo que amarguea, dice ella. Su pollo asado, con sabia combinación de especias y hierbas, es un lujo para un gourmet en excedencia. ¡Su pasta blanca, bien rehogada con ajo y aceite de arbequina! La mujer de mi agosto de fuego castellano cocina suave y con gusto natural, sin darse importancia ni pote, como quien lava. Piensa en sus cosas. Es suficientemente culta y bella.

Si cenamos en un restaurante, se abstiene de leer la carta. Prefiere que pida yo, pero su mohín, que ya conozco, me insinúa que me equivoco. Cato el vino yo. Ella lo prueba…y su apostilla es certera. ¡Qué seria y graciosa es!

─ Estos días soy distinta, no vayas a creer. Luego…seré de otra manera, me dice.

─ Hoy he sido mala contigo. No puedo comprender que un vecino como tú compre en el Corte Inglés, a Isidoro Álvarez. ¡Algo estamos haciendo mal! añade.

Me llama en la noche:

─ No me gusta sentir que tú puedas hacerte dependiente de mí.

Como la tesis central de su inhabitual llamada se podía prestar a interpretaciones diferentes decidí resumirla en un sms, que envié a la diosa nada más colgar el teléfono y que rezaba así:

─ “Me llamas para decir/que no deseas sentir/que te presiona notar/que tú llegues a advertir/que sea dependiente yo/de lo que sienta por ti…Agárrame esa mosca por el rabo.”

La respuesta de ella se materializó en otro, sms inmediato, a vuelta de correo:

─ “Un monstruo tengo por amigo/que no desearía perderme/no quisiera ser ingrata/mas no quiero entretenerme/tampoco meter la pata.” Fdo. Marifé de Triana.

De vuelta a mi monástico retiro pienso en ella. Una mujer con el sexo húmedo me acerca a la memoria el recuerdo del olor especial que desprende un misterio no revelado a nadie, pleno de fascinación por su carácter hipnótico.

Ella ha reanimado en mí el deseo que se había adormilado en la costumbre. Una mujer con el coño ardiendo sin motivo atribuible a terceros, sin la intervención de persona o ser alguno, es capaz de subvertir el orden que yo había conseguido establecer a fuerza de años de retiro en mi cenobio urbano. Esta mujer me ha desequilibrado, me ha roto en añicos la capa exterior de mi aparente calma. ¡Qué disparate tan enorme!

He bailado boleros con tan sorprendente criatura en medio de la alta noche y en mitad de la puta calle: ¡nosotros, que fuimos tan sinceros…!

Estas líneas se mueven entre dos fuerzas antagónicas, que zarandean el lápiz que empuño sobre el papel.

La corriente hiperrealista trata de fijar los datos exteriores, lo que mi yo pesimista cree que ha sucedido y que la fatalidad me señala como definitivo. Lo que transcurrió con Ella, pasado está y no sucederá más.

La otra fuerza, la inversa, desea creer que existen resquicios para el futuro, y que su sexo se colará entre ellos para volver, encendido, al desnudo balcón.

La pulsión naturalista tira de mis piernas hacia abajo, hacia el centro de la tierra, a la busca de la quietud que proporciona una suerte de aburrida libertad interior. Ese jodido impulso de supervivencia lucha contra el otro caudal, especie de profunda, oscura y bellísima corriente de vida que me grita: ¡estúpido, nunca aprenderás nada, toma al vuelo lo que Ella te dé, agradece el regalo fugaz de su hermosura e ignora el futuro de dolor que te aguarda, te pongas como te pongas! ¿En nombre de qué necio tedio vital vas a renunciar a los ratos que Ella te quiera dedicar? ¿Acaso no te conoces aún? ¿Cuánto tiempo aguantas a quien te soporte a ratos? ¿Por qué elijes vivir y morir a solas, triste y libre? ¿No sería mejor perder la cabeza de una puta vez por todas y que pase lo que tenga que pasar?

El hombre que escribe hace un alto y pone en el papel: “no entiendo a ninguno de los dos hombres tercos que, dentro de ti, peleáis por nada. Me tenéis harto. ¿Acaso la chica ha pedido, prometido, insinuado algo? Atendedme ambos, que habitáis en un proyecto de anciano bipolar: no hay que elegir nada. Es ella quien no quiere futuro, enanos de mierda…”

sábado, 7 de mayo de 2016

Dónde publicar



(foto tomada por mí)

Dónde publicar                                                                       

¿No es lo mismo que un ruiseñor cante en un gran árbol que en un arbusto?

Chéjov

miércoles, 4 de mayo de 2016

Omitir lo que es transitorio


( retrato de mí, que no mío )

Omitir lo que es transitorio                                                           

"Un novelista, un escritor, debe omitir todo lo que tiene un significado transitorio."

Consejo de Chéjov a Suvorin. Carta fechada el 26 de abril de 1893.

domingo, 3 de abril de 2016

Eres viejo


(el autor en los países nórdicos)

Eres viejo                                                                       

Si un niño te dice viejo, eres viejo; si una mujer te dice joven, eres viejo; si tú dudas si eres viejo o joven, eres viejo.

JRJ


domingo, 20 de marzo de 2016

Disonancia y asonancia



Disonancia y asonancia                                       


No hay disonancia sin asonancia.

viernes, 4 de marzo de 2016

Filosofar es aprender a morir


(el autor en Murcia)

Filosofar es aprender a morir                                    

El pensamiento parte de Cicerón, para quien la raíz de la filosofía especulativa se encuentra en la conciencia de la muerte. 
En definitiva, debemos aprender a vivir sin contestar a la pregunta de cuál es el sentido de la vida.



miércoles, 24 de febrero de 2016

El sabor


(foto tomada por el autor)

El sabor                                                                      

El sabor desconocido de la muerte.

Borges

domingo, 14 de febrero de 2016

LA EDUCACIÓN NO PELEA CON NADIE


LA EDUCACIÓN NO PELEA CON NADIE                                         

(foto tomada por el autor)

-¿Usted es el dueño de esto?

-No. Yo no.

-¿Quién será?

-No sé. Déjemelo pensar.

domingo, 7 de febrero de 2016

Odiosas comparaciones



(retratos del autor)


Odiosas comparaciones                                                      

Nadie resiste una comparación consigo mismo... transcurridos unos años.

domingo, 31 de enero de 2016

Sanidad mental


(foto de mí, que no mía)

Sanidad mental                                       

Un individuo sano de mente debe ser capaz de contar su propia historia, aunque sea con licencias poéticas o de autoficción. 
  

domingo, 3 de enero de 2016

La noche más oriental


(foto tomada por el autor)


La noche más oriental                                           

Sin remedio, que no lo tengo.

Me pregunta una lectora:

- ¿Por qué no escribes de una vez por todas un libro gordo?

Como tampoco tengo propósito de la enmienda, voy a explicarme ahora.

Mi escritura está en la órbita de la cortedad en el decir –Gracián? y obedece a la estética de lo menos.

Estas obritas mías evitan ocupar muchas horas de mis lectores, que a buen seguro las necesitan para otros menesteres.

Además, cierto pudor me impide publicar nada más extenso de lo que yo acostumbro a leer. Soy présbita y mi ánimo también está cansado. Y cada edad tiene su literatura.

A mis años cuesta menos leer poesía que prosa. Las novelas que merecen la pena, leídas fueron por mí cuando podía hacerlo a la luz de una vela.

Así lo veo yo: si te gusta escribir, hazlo breve y lee poco. Si prefieres la ficción, toma algo de tu memoria, aunque no tenga trama ni desenlace. La memoria conserva lo que debe ser archivado y sabe más de ti que tú mismo. Tu caletre no podrá inventar nada mejor que lo realmente vivido.

Lo complicado es conciliar las ganas de vivir con los deseos de escribir.

Por último, si lo que cuenta es el tamaño, junten mis lectoras una docena de estos relatos y tendrán un instrumento de buen porte.


En mi familia la Navidad comenzaba tal que el día 22 de diciembre, justamente a la hora en que los huérfanos del colegio de San Ildefonso principiaban a desgranar la letanía del rosario de premios y pedreas de la Lotería Nacional de España, en aquel entonces Una, Grande y Libre.

Esa mañanita todos los hermanos, bien perfumados con agua de colonia Álvarez Gómez, subíamos a la azotea de la buhardilla para la resurrección anual de las figuras del belén. El portal con su Niño Jesús en el pesebre, la Virgen María y San José, el buey, la mula, la anunciación a los pastores y sus ovejas, las lavanderas, los Reyes Magos con sus camellos o dromedarios, que sigo sin saber qué eran, y los pajes; el ángel, la estrella que guía, las palmeras, el corral con las gallinas, Herodes y su castillo. Y esto y lo otro y aquello y lo de más allá.

Desde los patios de vecindad y desde los talleres de corte y confección subían al cielo las canciones de Jorge Sepúlveda, como “Mirando al mar”, de Chelo Villarreal, como “La raspa”, o de los Lecuona Cuban Boys y su “Conga de Jaruco”, que todo el mundo creía “de Jalisco”. Tampoco eran mancas la “Lisboa Antigua” de Issa Pereira y la “Niña Isabel” de Luisita Calle. “Niña Isabel ten cuidado, donde hay pasión hay pecado...”, cantaba la Luisita en defensa del amor aburguesado.

Un niño de mi clase, que era gordo y comía pollo todos los días en lugar de tan solo los domingos, como los restantes chaveas de la clase, tenía otra clase de belén, con movimiento mecánico a cuerda y musiquilla de timbre metálico, que sonaba como la de las cajitas esas que venden en Suiza, pero a los acordes del Gloria in excelsis Deo. Para mí que el gordezuelo era más ton-to que un hilo de uvas.

Me centro a lo que voy y digo que, en tiempos de Maricastaña, los Reyes Magos eran tres y astrólogos de profesión y venían de Oriente, cuando de Oriente sólo venían cosas buenas.

Tan es así que de por allí, de Asia Menor, era natural el mismísimo San Nicolás, llamado también Sankt Nikolaus, Sinter Klaas y luego, en EEUU, Santa Claus. Le Père Noël en Francia, Julenisse en Escandinavia y Father Christmas en Inglaterra, todos son representaciones o heterónimos del propio San Nicolás.

Resulta, por tanto, que todos estos personajes de leyenda, tan bondadosos, generosos, caritativos y muníficos, provienen de Oriente Medio, paraje repleto hoy día de armas invisibles de destrucción masiva y de malignos aborígenes.

Oriundo de allí es el mismísimo Niño Je-sús, Christkindl en alemán, quien hace o hacía tal función filantrópica, directamente y sin intermediarios, en algunos países protestantes. Curiosamente la figura de Christkindl ha evolucionado hasta llamarse riss Kringle, que justamente es otro de los apodos de Papá Noël. O sea, que tal pa' cual y que lo mismo me da que me da lo mismo.

Me dicen que el asunto de los presentes y regalamientos navideños en un principio fue oficio de personajes paganos como la bruja buena llamada Befana y los ancianos, borrachines y tiernos, conocidos como Berchta y Knecht Ruprecht. Así es fama, pero a mí que me registren, que mis regalos me los traían los Reyes de Oriente, como tiene que ser.



(el autor en la época del relato)


El montaje del nacimiento comenzaba cuando salía el gordo de la Lotería, premio que nunca cayó en casa, aunque mi padre murió convencido de que algún año nos tocaría. Pensaba que para ello era menester comprar un número completo, con todas sus series. Nunca lo hizo al considerarlo gasto excesivo. Por eso no le cayó. Por no asumir el riesgo de tan elevada inversión. Así aprendí que no hay beneficio sin riesgo. Es la base de la economía capitalista.

Instalar el tablero de madera sobre el armazón de caballetes que lo sostenía, ir a la Plaza Mayor a comprar musgo fresco y reponer alguna figurita descabezada, coja o manca, era rutina más que bonita. Los muñequitos eran de barro y sus extremidades estaban aseguradas con unos alambritos que hacían de tibias y peronés, si de piernas se trataba, o de húmero, cúbito y radio, si de brazos hablamos. Ahora las efigies son feas y bastas, de plástico las baratas y de porcelana de Lladró las caras, que no sé qué es peor.

Miga tenía pegar estrellas doradas en el papel azul de forrar libros que remedaba la cúpula celeste, mientras los mayores se empeñaban en que los más renacuajos no metiéramos mano en el tubo de pegamento Imedio (ya saben, “el remedio, pegamento Imedio”), bajo la especie calumniosa de que poníamos todo pringando, como si ellos fueran espíritus puros. En la radio Inter del cuarto de estar, Rafael Medina cantaba “En los jardines de Granada” y Carmen Miranda el “Tico Tico”. ¡Qué fuerte!

El azul violeta de ese papel forralibros es también el color de la tanzanita, la piedra preciosa que vela por la tribu de los Massai, que viven en Kenia. Distinto azul es el de la turquesa iraní, piedra semipreciosa que aleja el mal de ojo y protege el corazón. Resulta igualmente muy útil contra la picadura de escorpión. El sabio Salomón conocía perfectamente el abanico de virtudes de la turquesa, que debe tener color celeste uniforme, clarito y sin vetas.

Del turbante de un rey mago cayó, aquella noche encantada, una gran turquesa, perfecta de color y sin impureza alguna. Encontré la piedra inspeccionando los restos del refrigerio que SSMM se habían dignado catar. A nadie confié mi precioso hallazgo, que siempre llevo encima en una pequeña faltriquera de malla de algodón del Eúfrates. Me ha librado de más de un hechizo. Tanzanita no he conseguido, pero estoy en ello. Echen Udes. a volar la voz a ver si me cae una de tales piedras, que estoy seguro que no me dejará mentir.

El río cuyos meandros serpenteaban a lo largo de todo el tablero se hacía con papel de plata, pues aún no existía el papel Albal. Quiere decirse que el agua argentaria provenía de las tabletas de chocolate Tárraga, Elgorriaga o Nogueroles y llevaba adherencias de cacao y algarroba, que es fruto del algarrobo cuya vaina y semillas machacadas se mezclaban por entonces con el cacao para que cundiera el chocolate. Quizás fuera no tanto por escasez, sino por cuidar de nuestras colitis infantiles, tan abundantes antaño. La algarroba o garrofa es legumbre cuyos taninos son potente remedio antidiarreico. Mano de santo, como quien dice.

Atrás cito varias marcas comerciales de aquellos años del cuplé. Las marcas son, como las instituciones, inestables. Las de prestigio aguantan años y años y ahí están Kodak, Gillette, Coca Cola, Cola Cao, Danone y muchas otras. Pero ya no hay camisas Tervilor, estufas Super Ser o televisores Marconi. Tampoco chicle Bazoka ni los aromáticos caramelos SACI, fabricados éstos por Gª Hnos., de Jijona.

Parte del pluriempleo de mi padre consistía en trabajar para la Agrupación Nacional de Fabricantes de Chocolate, lo que nos aseguraba el suministro de alimento tan fundamental para merendar en el cine Colón o en el Príncipe Alfonso. Un plátano, una onza de chocolate y un bollo suizo por barba daban para ver, sin rechistar, dos películas seguidas, que los programas eran dobles y en sesión continua. La que se llamaba “Flecha rota” me gustaba mucho y la vi cuantas veces soportaron los hermanos. A la yaya como que le daba igual, pues para llorar sirve cualquier peli, salvo las que ahora se hacen con efectos virtuales de ordenador, y portan mensajes tan sutiles y elaborados que no capto bien. Entiendo mejor a Bergman, a Antonioni, a Godard o a Win Winders que a los cineastas del clan de los rompehuesos o del sonido del trueno, aunque me esté mal el comparar.

La secuencia que más me gustaba, y que formaba parte de una película de castillos y justas medievales, era la de un mozalbete, de alias “El Príncipe Valiente”, quien huía de los malos arrojándose desde una fortaleza al agua que la circundaba. Aguantaba sumergido en el fondo de la laguna durante varios minutos, hasta que los ballesteros que le perseguían se cansaban. Respiraba por el procedimiento de cortar con su machete un tallo de caña o junco o lo que fuera y asomar un extremo por la superficie, a manera de moderno tubo de bucear, pero en más largo. El príncipe melenudo se pegaba una panzá de minutos bajo el agua, cual delfín del medievo.


Aquella Navidad soñé que me bañaba en el mar con un delfín.

Este último verano se ha realizado, al fin, mi sueño premonitorio. He tocado el lomo y la panza de un delfín preciosísimo. En la playa de las dunas me avisaron a sol puesto que había aparecido un delfín joven cerca de la orilla. Cercanía relativa, y más si el océano está de marea alta y son casi las diez de la noche.

Llegué a él como pude y con ayuda de Thérèse, mi joven y fuerte nereida. De pronto, el agua abierta del océano se vuelve círculo de agua cerrada, para el delfín y para mí. Mide mucho más que yo. Su piel, que acaricio a su gusto, tiene tacto de poliuretano terso pero rugoso a la vez. Se voltea de panza y me la ofrece. El lomo es de color antracita y la tripa gris azul. Le toco. Cierra los ojos. Ya no hay ni pizca de luz. Nado con él, porque él quiere y hacia donde quiere.

Siento no tomar una copa con mi adolescente cetáceo. Es apuesto y gentil, y yo le contaría cosas de los humanos, que también somos mamíferos. Él me hablaría de sus cadenas de tribu, pues viven en familia, como nosotros y los orangutanes. ¡Suerte, querido delfín! Si te vuelvo a ver, te regalo mi piscina y una cartilla de ahorro.

Vuelvo al nacimiento, que me pongo a escribir y me salen más recuerdos que pensamientos. Pintar de rojo la bombilla que va situada detrás del portalejo para que la luz difunda calor de hogar era tarea delicada. Cinco minutos de bombilla encendida bastaban para que aquello oliera a chamusquina, con grave riesgo de que las montañas de auténtico corcho de alcornoque, el serrín del desierto y el musgo que a los tres días estaba más tieso que la pata de Perico, ardieran en llamas de fatales consecuencias en un edificio cuyas vigas eran de madera. ¡Pa’ habernos matao!

Nuestro inmueble no sufrió fuego incendiario ni pegó un explotío aquel trozo de decorado de Palestina, pero mis dedos pulgares y sus vecinos tienen sus huellas deformadas por las quemaduras que me hice tratando de desenroscar la lamparita Osram de 40w, sin paciencia suficiente para que se enfriase, que no tenía interruptor.

Cuando ya de mayor fui espía triple, a saber, para el Eje, para los Aliados y para la difunta URSS, me salvé en varias ocasiones de ser descubierto y fusilado al amanecer gracias a las irregularidades que presentan mis huellas dactilares. Y ello porque los dibujos de la piel de mis dedos son volubles. Como las damas. Mutables.

OVEJITA LUCERA

Aquella Navidad, o la siguiente, me empeñé en subir a casa una ovejita viva. Para que viese un belén instalado en todo su esplendor. Pensaba yo que a la oveja le gustaría conocer los campos de Galilea, de Samaria y de Judea, representados en época en que no daban tanto el coñazo unos y otros.

Sin embargo más tarde, espiando para el Mossad, me enteré de que ya por entonces andaban tirándose unos y otros de los pelos, pero yo a la sazón no lo sabía. Si lo sé, me hago el longui y localizo los exteriores del nacimiento en Murcia, que es región bien hermosa y tiene de todo. Montañas altas, desiertos bravos, huerta exhuberante y un mar de miniatura, cual menuda alga brillante y plateada de sal.

Nuestro castillo de Herodes era un puro despropósito, porque mi hermana pequeña se empeñó en poner uno tan grande que deshacía toda la armonía y proporciones del conjunto. A mí me parecía una burrada dar tanto protagonismo a un señor malafollá, que había mandado degollar a no sé cuántos niños santos e inocentes. Nunca entendí qué narices tienen que ver los artículos de broma que ahora venden los chinos del todo a cien, con la conmemoración del holocausto de esos niños inocentes.

La ovejita lucera tenía carita de azucena y provenía de un rebaño que pasaba por nuestra calle de cuando en cuando porque mi querida calle era, y sigue siendo, una cañada o servidumbre de paso para ganado. Recolecté de entre los hermanos vinticinco pesetas, que cambié a Casilda la panadera para juntarlas en un hermoso billetito de los de color morado. Esperé a que pasara el rebaño, que lo hacía todos los jueves, y metí al pastor en su zurrón la tela marinera del ala y ¡hala! para mí la ovejita.

Monté al corderito en mis hombros y trepé por la escalera de servicio, pues me dio por barruntar que en el montacargas igual se mareaba la criatura. Soy muy considerado con la cosa de los mareos por padecer de ellos. Tanto en coche, como en tranvía, avión o tren. Tengo el mal de mar hasta en la bañera, cuando me capuzo para enjuagarme el pelo, que en aquellos heroicos tiempos lavaba con champú de brea de marca Sindo. Era un mejunje laborioso de aplicar tanto por ir en unos sobrecitos que debían ser cortados por los extremos, como por picar en los ojos más que una enchilada en la mucosa gástrica.

La ovejita se aclimató bien a la casa y gustaba de mirar conmigo el belencico, aunque prefería mamar de la tetina de unos riquísimos biberones que yo le preparaba, a base de Pelargón y leche de la Granja Poch. Para mí que el animalillo creía que yo era su mamá, sobre todo porque le metía a dormir conmigo debajo de las sábanas y me bañaba con él en la bañera grande, para no desperdiciar el agua caliente, que entonces era un bien muy preciado por escaso.


En la grisura de aquellos tiempos antiguos y étnicos no había agua corriente, ni caliente, ni constante, ni al instante. La hornilla de carbón de la cocina calentaba el agua de un depósito encima de ella emplazado. Muchos y muchos metros de pasillo desde allá hasta la bañera. Tuberías de plomo o de hierro, que no de cobre. La alcachofa de la ducha cegada por la cal del agua. Cortes de agua. Restricciones de posguerra. Una tardenoche pregunté:

- ¿Por qué sale agua marrón del lavabo?

- Son las obras del Canal de Isabel dos palitos, respondió la yaya.

Así llamaba mi aña a Dª Isabel II. Se conoce que los naturales de Ventas con Peña Aguilera no saben de números romanos, ni falta que les hace. La yaya Sagrario utilizaba un argumento inapelable y contundente para obligarte a llevar la ropa interior siempre limpia:

- ¿Llevas puesta la muda que coloqué anoche al pie de tu cama? ¿Y si te pasa cualquier cosa en la calle?

Me gustaba cuando balaba la ovejita ¡¡beeee!! y yo le contestaba ¡¡baaa!! En suma, lo que pudiéramos considerar como una inteligente conversación. Me sabía a musiquilla celestial ese dulce balar. Todavía lo echo de menos. Mi ovejita y yo éramos niños limpios que olíamos a rosas del campo. Su lanilla era más suave que el vello de una cabra de Cachemira.

Oía yo rezongar al cuerpo de casa sobre mis costumbres y aficiones, murmullos que arreciaban cuando la oveja dejaba sus cagarrutas en el pasillo o donde le diera la real gana. El mayor disgusto de mi infantil infancia me lo propinó mi padre cuando decidió, en la octava de Reyes, que ya estaba bien de contemplaciones y de pamplinas y que la oveja fuera enviada por Auto-Transportes Andalucía al convento de las monjas clarisas capuchinas de San Antón, en Granada capital. ¡A saber en qué asiento me la acomodaron para aquel viaje sin retorno! ¡Probetica!

Llegado que fue el verano siguiente, nada más desembarcar en Los Cipreses, decidí ir a casa de las monjitas por abrazar a mi lucerita, a quien había puesto de nombre Guillermo, por cariño al proscrito personaje de Richmal Crompton. Infeliz de mí, no daba importancia a los caracteres diferenciales de una oveja macho respecto de los de una hembra y parece que en mi casa tampoco eran duchos en ese arte. Oséase, que podía ser Guillermina. Ya he contado que en mi familia las cosas del sexo no se explicaban porque eran pecado. Y los pecados no tienen explicación, teologías aparte.

Con la tata Mariana agarré un tranvía en la parada del Cerrillo de Maracena y, después de trasbordar en la avenida de Calvo Sotelo, me plantifiqué en la calle Recogidas para dar un beso en los morros a mi Guillermina. Con la recta in-tención, eso sí, de preguntar luego por tía Emilia.

Esto último me daba cierta fatiga porque, como era monja de clausura, de las fetén, las visitas se perpetraban en una salita encalada, donde había una oquedad guarnecida con tres o cuatro barreras de rejas, la última de las cuales, esto es, la más cercana al visitante, tenía unos pinchos de tamaño natural. No estoy tuerto hoy en día porque, prudente de mí, cubría con un pañuelo de hilo egipcio el pincho más cercano al ojo que mantenía abierto. El otro ojo quedaba cerrado y sin luz hasta bien terminada la visita.

Sale mejor comprometer un cincuenta por ciento de tus capacidades, antes bien que el cien por cien. Mi tía era bajita, es decir, enana, lo que dificultaba aún más su reconocimiento sin ningún sistema de ayuda técnica para la navegación. Sor Emilia debía tener su guasa, pues una tarde, entre un ora pro nobis y un miserere nobis, preguntó a mi madre si yo era tuerto de nacimiento o sobrevenido.

Hoy es el día, cincuenta y cinco años después de aquel asesinato, en que no he conseguido que nadie de la familia cante la gallina. Digo yo si será cosa de la ley de la “omertá”, como en la mafia. Pero a mí nadie me la da con queso, pues sé muy bien cuántas púas tiene un peine. Sostengo que la oveja fue engordada por las monjitas, quienes se la jamaron tal que el día del santo de la madre abadesa. Si alguien tiene prueba en contrario, que la aporte ahora o calle para siempre. ¡Anda que no le dieron matarile!


La cena de Nochebuena es entrañable. Los viejos lloran por sus muertos y los más meninos se atracan de gallina en pepitoria y de besugo, de turrones y de figuritas de mazapán y alfajores, alfandoques, roscos de anís, mantecados, polvorones, batatines, yemas y demás dulces, de esos que no amargan a ningún tonto. Comoquiera que mis mayores, tanto por parte de padre como de madre, son de pueblo, de allí llegaban unas inmensas alcuzas de aceite, así como pavos vivos en seras de esparto cosidas con harpillera, de manera que los animales respiraban cabeza afuera. También reforzaban nuestra despensa, de cara a los rigores del invierno, unas grandes orzas de barro llenas de lomos de cerdo adobados con pimentón colorao y clavo y bien enterrados en manteca del propio animal.

El empacho del ágape de Nochebuena y su correspondiente cagalera no eran de cuidado, pues se curaban a base de chocolate de algarroba y de agua con limón y bicarbonato. Además... ¡qué más daba si quedaban días y días hasta que, pasado Reyes, había que reingresar en el calabozo escolar!

Me viene ahora a los puntos de la pluma que la vida es así: naces, vas al colegio, te licencias cual hombre de provecho, te arregostas a trabajar cuarenta años en una jodida oficina y ¡venga alegría!, al jubileo de visitar médicos para ver en cuántas estrellitas se pasan de la raya tus niveles de ácido úrico, colesterol o triglicéridos. A propósito, a ver si los galenos paran ya de bajar el límite para aprobar el examen del colesterol. Hace años pasabas con 260, luego exigieron 240, ahora van por 220 y... malicio que para el próximo analís o te presentas con menos de 200 ó te catean y te castigan a tomar estatina.

La noche de Reyes era la única ocasión en que se rompía, dentro de un orden, la austeridad requerida por la escasez de aquellos cutres años y por la circunstancia de ser tantísimos hermanos, que daba derecho a carnet de familia numerosa de primera categoría. Habían quedado atrás, eso sí, las cartillas de racionamiento, aunque no los productos de estraperlo. ¡Lo tengo rubio! decía una estraperlista de la Gran Vía cuando pasaba un señorito. Se refería a los cigarrillos americanos de contrabando y sin filtro. Camel, Chesterfield, Lucky Strike o Pall Mall.

En el gran salón, cada miembro de la familia, servicio incluido, ponía su mejor par de zapatos debajo de tresillos, sofás, mesas, bargueños, vitrinas, tibores, cubrerradiadores y demás armatostes susceptibles de albergar los presentes y liberalidades. Para mi mente infantil pero ya, ¡ay!, cartesiana, la prueba de que los regalos eran de los Reyes Magos y no de los padres se basaba en la presunción económica de que la suma de todo aquel lujo bizantino que se nos ofrecía donosamente no podía salir de los ahorros familiares. ¡Angelico de mí!

En contra de tan mágico origen jugaba el razonamiento, también racionalista, de que los Reyes de Oriente y su comitiva no tenían tiempo en una sola noche de abastecer a todos y cada uno de los niños de la católica España. Ni aun excluyendo de tal donación a los niños pobres y huérfanos me salían las cuentas.

Sin embargo, finalmente, ganaba Oriente, pues mi corazón sabía que la fantasía y la poesía vienen de allá y que de Occidente no se debe esperar más que prosa prosaica y especulaciones y silogismos y otras pendejadas . Cuanto más me decían mis camaradas de clase que los Reyes eran los padres, menos me lo creía yo. Una leyenda conmueve. La Historia, con mayúscula, tiene buena imagen, buen cartel, pero... no me fío de ella. La poesía puede y debe transgredir todas las normas. La Historia, por contra, sólo debe ser fiel a la ley de la muerte, único dato incontrovertible. Tengo para mí que los Reyes Magos simbolizan, en su diversidad y exotismo, al mundo todo. Pioneros de la convivencia de civilizaciones, de que se lleven bien las tres culturas, ¡carallo! Más difícil será que hagan las paces las tres religiones monoteístas, porque cada una de ellas cree ser la única entera y verdadera. ¡Qué le vamos a hacer!



(foto tomada por el autor)

Por añadidura, siendo yo niño de orden y de lógica, en la bendita noche de los reales magos del año cincuenta tuve una experiencia sobrenatural. La pared de mi cuarto se iluminó y me in-vadió una emoción profunda. Era una luz tan hermosa como la de un atardecer de otoño. La luz se convirtió en un bienestar tan absoluto que me desbordó de contento y me hizo comprender los asuntos de la Antigüedad. Al final tomó forma de calabaza. Me dormí lleno de paz y armonía como si estuviera unido a la naturaleza de las cosas. De todas las cosas.

Sumido en tal iluminación, una fuerza interior me dijo que, pasadas las brumas del invierno, debía intentar conocer el mundo subterráneo de nuestro barrio, de manera que consiguiera llegar al colegio sin pisar aceras ni cruzar calles, entonces adoquinadas. Es decir, sin salir del mundo oculto, verdadera cuarta dimensión de lo que está ahí pero no vemos, de igual forma que una sola hoja de árbol puede ocultarnos la luna.

Ese mandato era de un hondo tan profundo que vislumbrar no pude su principio. Probablemente su origen se agotaba en mí mismo, igual que el corazón late por sí mismo y la mente piensa por sí misma. Cumplí el mandamiento en marzo siguiente y su relato pertenece a otro futuro escrito, pues en éste deseo renunciar a lo esencial para agarrarme a las pequeñas cosas que compa-recen de mi pasado. Sólo puedo añadir ahora que siendo invierno, la voz interior me decía que tras las nubes siempre está la primavera y que en primavera es bueno no olvidar que vuelven los inviernos y que debajo de la luz existe un mundo ciego. Ciego sí, mas lúcido y preciso. Como el rayo del amor o coup de foudre, según en qué idioma se mire.


Un camello, creo que en la Navidad siguiente, tuvo la gentileza de dejarnos una hermosa boñiga de rumiante en la alfombra del salón, que era de la Real Fábrica. Yo había visto en el campo deposiciones de otros rumiantes, como vacas y mulas, y certifico que las de los camellos orientales son diferentes, ya que sólo comen vegetales bio?dietéticos y granos especiados y perfumados.

Nunca quise ir a Galerías Preciados a entregar mi carta a los emisarios de los Reyes. Sabía diferenciar lo que son promociones comercia-les de los mercaderes, de la magnanimidad y longanimidad de los auténticos reyes que hacen magia y premian a los niños buenos, salvan a los marinos atrapados por tormentas y dotan con bolsas de doblones de oro a las doncellas pobres para que puedan matrimoniar con hidalgos que no tienen con qué hacer cantar a un ciego.

Siempre conseguí que SSMM me trajeran todo lo que pedía. A ello contribuía no sólo la moderación de mis encargos sino también el método por mí empleado.

La moderación consistía en ir comprobando en el Bazar Horta, en Pabú o en Deportes Cóndor cuánto sumaba lo que yo quería tener y nunca pasar de la cifra que mi orden natural consideraba tope máximo a lograr cada Navidad. En este sentido, debo confesar y confieso que nunca me gustó la canción “Todos queremos más” que cantaba Alberto Castillo. Revela avaricia y afán de acumular riquezas. Prefiero no tener sobre qué Dios me llueva antes que ser pájaro gordo de muchas campanillas.

La manera de hacer llegar a los Reyes Magos mis propuestas también ayudaba a que estos bienhechores colmaran mis esperanzas. En vez de escribir una carta larga y farragosa y dejársela a un empleado de Pepín Fernández, que era el dueño de los grandes almacenes, yo apuntaba a punta de regaliz las dos o tres cosas objeto de mi limpio deseo sobre la superficie helada de un flan chino El Mandarín. Cerraba los ojos y me lo zampaba de un sorbo y sin respirar. Nunca me falló. ¡Mano de santo!

El día de Reyes un cielo azul inmenso y vacío amanecía sobre el estanque del Retiro, cubierto como estaba con una colcha de hielo de un palmo de alto. Por bajo nadaban poblados cardúmenes de bellos peces de eufónicos apellidos. Calicos, burbujas, carpas, cometas, telescópicos y otros cuyo nombre no recuerdo y que no pienso mirar en el Espasa, que no tengo ganas de levantarme ahora.

Comoquiera que yo tenía la certidumbre de que todos mis deseos estaban materializados en el sillón de tela damasquina marcado por mi par de zapatos, mi curiosidad se dirigía a comprobar qué clase de dulces habían comido Sus Majestades. Y si habían bebido de la botella de Cointreau, o de la de Marie Brizard o de la de licor Calisay, o quizás de la de Benedictine, pues sabido es que en el fondo de cada copa de licor hay un secreto.

Mosca me tenía el dato de que la paja destinada a los rumiantes desaparecía siempre. Mi olfato me decía que los camélidos orientales, acostumbrados a cruzar por los desiertos arábigos y del Negev y a nutrirse de exquisitas raíces y frutos secos, de cereales salvajes y henos perfumados por los céfiros que soplaban los profetas del Antiguo Testamento, no iban a rebajarse a comer humilde paja castellana. ¡Hasta ahí podían llegar las cosas!

El día 7 de enero volvíamos a la jaula y yo a mis proyectos de hacer de mi habitación un acuario gigante, o un huerto cercano a mi espíritu. También tramaba dedicarme en lo porvenir a la cría del mochuelo boreal.

Mas en aquel primerizo mes del nuevo año, el regomello dominante que me reconcomía era el irresistible arrebato de abrirme paso por la negrura del subsuelo de mi barrio. Así lo demandaba la poderosa acometida interior que me fue insuflada por un fulgor cegador en la noche más oriental de todas las noches.

FIN



Próximamente, en color por Technicolor, y en esta misma sala, otra fábula verídica y cuatrifásica, producida a todo lujo por la Editorial Cuentos Morales, S.L.:

... En los tiempos de color azul mahón atravesé medio barrio reptando de casa en casa por el inframundo de la cuarta di-mensión.

Bajaba yo a los cuartos de calderas, donde reina Pedro Botero, y me colaba por entre las rejas que cubren los intersticios horadados entre los muros de carga de nuestra finca y los medianeros contiguos. A ciegas, saltaba del nº 38 al 40 y luego al 42, y vecinos, de mi calle. Para cruzar de acera me arrastraba por alcantarillas, pozos y galerías de servicio. Siempre bajo tierra. Nunca sobre el ras del suelo. En las tinieblas.

Las ratas me seguían después de clavarme sus ojillos rojos como el infierno y de comprobar que yo era niño de fiar.

Y yo esperaba y esperaba. A que las piedras se trocaran en rocas y se cubrieran de musgo. Tal vez en otro país, en otro tiempo...

(Continuará...)

domingo, 27 de diciembre de 2015

Año Nuevo


Año Nuevo                                       

La verdad empieza en el cuerpo. Cada día, una vida. 
Pero ¡cuidado! Que la vida no es lo que se lee en los periódicos. Ni en internet. Las apariencias no engañan. 
Deseo un buen año 2016 para todos vosotros.

Manuel María Torres Rojas.


Foto Masao Yamamoto.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Navidad y Año Nuevo


Navidad y Año Nuevo                                                   

La mejor celebración de estas fiestas es siempre la más perfecta normalidad.

Ello es lo que te deseo ahora y también para todo el 2016.

Cada día, una vida.

Abrazos

Manuel María Torres Rojas


(foto M. Yamamoto)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Granada: mi niñez con mi memoria VII


( capítulo séptimo y final )

Granada: mi niñez con mi memoria (capítulo final)                                  

Al dar las once el capataz cumplió con el rito de las noches de verano pasando a la Casa Grande para dar las buenas noches. Preguntó:

-Ama ¿será inanormal el señorito?

Me gustó su diagnóstico, que por prudencia formulaba en interrogación. Prefiero ir solo como el espárrago antes que nadar en cardumen. ¡Me niego a ser más tonto que un hilo de uvas!

Mi madre contestó:

-Frasquito, ¡válgame Dios! Sus gallinas han estropeado en la siesta mi macizo de dalias en flor. ¿Quiere usted una taza de café?

Mi padre pidió la caja de tabaco de picadura y ofreció a Frasquito. Era buen tabaco, de hoja y de contrabando gibraltareño. Mientras los mayores liaban sus cigarros con parsimonia y papel Bambú, mis hermanas me comprometían con señas y dengues. Querían saber sí, y cuántas veces, había hecho aguas mayores y menores en el aljibe, durante mi encierro experimental. ¡Qué jodías las crías!

Pedí permiso para retirarme a mi habitación, que obtuve tras recibir la bendición materna junto a la señal de la cruz en la frente:


-Que la Virgen y los santos te acompañen, hijo.

Dormí hondo y de seguido. Soñé con ellos. Son buenos y se comen las larvas y los gusanos del agua. No molestan, no gritan y no abusan de los más débiles. El gitanillo se alejaba por la plaza de Bibarrambla cantando:

¡Galápagos para el aljibeeeee!

Al abrirse el día escondí en el horno del secadero de tabaco el cráneo y la tibia que, humanos fósiles, había subido del fondo del aljibe. Siempre se ha dicho que cada familia guarda un cadáver en su aljibe. Los restos de nuestra momia tribal, míos son porque están aquí, en mi escritorio. Me advierten de dónde vengo, a dónde voy y cómo se las gasta mi gente.

Mi mesa de escribir, mi cuarto-leonera, mi perra y los huesos con mi propio ADN son los únicos juguetes que tengo. Con ellos me encierro, a solas, para escribir variaciones sobre el mismo tema.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Granada: mi niñez con mi memoria VI



( sexto capítulo )


Los de la casa grande me buscaban a gritos. Con los ojos cerrados, no oía las voces, sólo sus ecos, que nada significan cuando estás aprendiendo a sobrellevar la fútil inconsistencia de la vida y costumbres de los hombres hechos.

A la tercera noche salí trepando por la soga del pozo que amarra el cubo y se enrosca en la garrucha. Me senté a cenar, envuelto en colosal albornoz de mi abuelo, en un extremo de la apostólica mesa de la sala de comer de la gran casa granadina.
Con cara de vinagre, padre me dijo:

-¿Probarás también a vivir en el estanque de cocer el lino?

Callé. El ambiente no estaba para ser sincero. Y el agua del estanque del lino olía a huevos podridos. Además, trazados estaban ya los objetivos, la estrategia y los planes tácticos del verano siguiente. Se trataba de conocer los aljibes de las caserías vecinas, pero sin tocar tierra.

Estaba convencido de que ello era posible utilizando la red de acequias planificada por los árabes. Tampoco descartaba la existencia de túneles secretos que uniesen entre sí los viejos aljibes del tiempo de los moros.

Abonaba mi tesis la circunstancia de haber comprobado, en mi encierro de espiritual terapia acuática, la existencia de una boca de túnel del que sólo me atreví a recorrer unos metros, pues su inclinación descendente hacía que enseguidita quedara uno por completo sumergido. Para avanzar hubiera necesitado gafas de bucear, una bombona de hombre rana y una linterna sumergible. Tres utensilios que no eran fáciles de obtener en la postguerra, si bien yo confiaba en que, con buenas notas y la ayuda financiera de un tío mío que había explorado en su juventud las fuentes del Orinoco, la empresa fuera factible. Vamos, que a no tardar pudiera comprar las tres vainas esas.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Granada: mi niñez con mi memoria V


(el autor en Helsinki)

( capítulo quinto )

Imité su quietud. Si dejas que tu sangre baje a 35º, ya no tienes por qué moverte ni pensar ni desear. Las ondas del agua reverberaban en la bóveda negra que sirve de cielo a las tortuguitas de pozas y aljibes. A la noche segunda la luna en lleno de septiembre estalló en la caverna de agua. Entraba por el brocal del pozo y se rompía en mil luminiscencias espectroscópicas. Me sentí aupado hasta las estrellas a pesar de estar tieso como un ajo.

Los beneméritos Quintero, León y Quiroga calcaron mis lunáticos sentimientos de aquella noche en su copla, gloria bendita y de gran nombradía, “Ay pena, penita, pena”:

“Si en el firmamento poder yo tuviera,
esta noche negra lo mismo que un pozo,
con un cuchillito de luna lunera...”

No vi peleas ni injurias. Nadie se querellaba contra sus semejantes. Las larvas eran engullidas, pero siempre dejaban algunas para ser fruto adulto. Aunque éste fuera un cabrón de zancudo que alargaba la vigilia de la larga noche de un niño ya de por sí en vela. De zagal sabía que nunca un mayor ayuda a conocer lo que importa. Enseñan lo accesorio. Obligan a practicar lo secundario. De lo principal se encargan las añas, el amigo que fuma y cambia revistas de señoritas en cueros y, más tarde, las mujeres del arte horizontal.


( óleo de George Owen Wynne Apperley, Ventnor, Isla de Wight, Inglaterra, 1884 – Tanger, 1960 )

domingo, 1 de noviembre de 2015

Granada: mi niñez con mi memoria IV


(el autor en la Casería de Los Cipreses)

( capítulo cuarto )

El hambre se me fue con el frío. Azules los labios, azules las uñas. Sueños azules también: me cristianaban tanto por sumergimiento como por efusión e, incluso, por aspersión, y la agüita de la fuente del Avellano me convertía en un luterano panteísta con cabeza de evangelista. Si dejaba de soñar en azul y volvía el hambre roja y el verde frío, movía los brazos de delante hacia detrás tres mil veces y me venía la paz.

Había determinado pasar tres días, con sus noches, en el húmedo seno de nuestro viejo aljibe. Al final de la prueba los galápagos y yo no teníamos secretos, salvo los compartidos. Aprendí que comen las larvas de los gusanos de agua y de los zancudos y jejenes. Que duermen más de un cuarenta por ciento de cada ciclo de cuarenta y ocho horas, apoyando el claro envés de su caparazón en el poyete que rodea el rectángulo de la doméstica agua. Hacer el amor no les vi, pero deduje que se acoplan como todo el mundo, moscas incluidas. Doy fe de que su cortejo nupcial es difícil de presenciar.

Lo que aprendieran los quelonios chiqueticos de aquel muchacho iluminado y obstinado, enjuto y ojeroso, triste y ascético, de ojos brillantes como los de un derviche, sólo ellos lo saben, que algunos viven todavía. Así lo creo porque hace poco reincidí contumazmente en el experimento de antaño. Reconocí a los de mi generación. También ellos a mí, como denotaba el brillo de sus ojos.

domingo, 25 de octubre de 2015

Granada: mi niñez con mi memoria III


( capítulo tercero )

Palpé mi cuerpo con la destreza que presta la intimidad de la infancia con costalazos, magulladuras y otros herimientos. Nada grave me ocurría. Sentado de culo y con las patas cruzadas estilo yogui el agua me llegaba a las tetillas. Fría como un nevero de la Sierra Nevada.

Una vez que pude ver en la oscuridad como sólo gatos y niños sin dioptrías pueden hacerlo, ¡tate! allí estaban, en aquel acuario para ciegos, las cabecicas de los galápagos, por cima del ras del agua de esa catacumba. Dos ojos, un pico boca y el lomo córneo del caparazón. No me preocupó contar si había muchos o pocos. Eran suficientes y bellos. Nadaban lo justito, sin fatigas . Viven, dicen, muchos años. Por algo será.

Quieto como un marmolillo, los bichos me miraban tal que yo a ellos. ¡Qué bonicos eran! Pasó tiempo, esa clase de tiempo que no se mide con reloj, que no teníamos allí abajo, ni ellos ni yo.

Me entró el hambre y me acordé del desayuno que, de puros nervios, no había tomado. Pasarían almuerzos y cenas sin mí. ¡Lástima de la libra de chocolate Matías López que perdí cuando bajé al centro de la tierra! En el bolsillico abotonado del traje de baño encontré dos esquejes de palo dulce a medio chupar. Ni una hebra quedó fuera de mi aparato digestivo.


(el autor en la Casería de Los Cipreses)

domingo, 18 de octubre de 2015

Granada: mi niñez con mi memoria II


( foto Masao Yamamoto )

( capítulo segundo )

El pozo, el rebosadero, la entrada de las aguas de escorrentía y la boca de la acequia para las de riego eran los cuatro accesos al aljibe. Hice planos, calculé alturas, sopesé riesgos y cavilosamente elegí la compuerta de la acequia. Bien sabe Dios que también busqué la entrada de las aguas pluviales, pero no di con ella. Al aliviadero mi cuerpo de muchacho no llegaba, incluso subiéndome a la escalera de palos que usaba para coger higos maduros de las empinadas copas de las higueras más altas. Altas eran de tanto mirar al Mulhacén.

No todos los aljibes pueden rellenarse con agua de riego. Mas, siendo los veranos sureños tan parcos en lluvias, es sistema recomendable aunque empeore muy mucho la calidad del agua y conlleve la necesidad de hervir ésta para beber. En la gran casa de la finca Los Cipreses la grifería era inglesa, por nombre Twiford, pero el agua era indígena. Así pesqué yo el tifus o lo que fueran aquellas fiebres delirantes que me revelaron otros mundos, alejados del sistema métrico decimal y de la lógica aristotélico tomista. Doy gracias por ello, aunque de aquellas me quedé con el cuerpo hecho unos vendos y con un palmo más de alto. ¡Palabrita del niño Jesús!.

La del alba sería cuando descalzo y en meyba repté por la acequia y me tiré a lo oscuro. Me profundí en lo hondo. Chichones apenas si me hice, que lo peor fueron las machacaduras, raspaduras y excoriaciones en rodillas y codos. Había calculado mal y el gran recinto aljibarero , de paredes revestidas de ladrillos ensamblados con argamasa y revocados con arena de miga y tierra, tenía poca agua y mucha hondura.