miércoles, 14 de abril de 2010

UN ARMA EN SU MANO XXXII


                                                                      (...es continuación)
                                                           Cortesía de SMITH & WESSON

Fué en un speakeasy, uno de los muchos que Mono instaló durante la prohibición, creo que era en la calle 30, uno de los más "à la dernière", ¿recuerdas?
     
Lo de hablar en susurros era solo una ironía. Allí se iba a pecar sabiendo que la absolución estaba incluida en el precio del trago. Apenas si se dejaba caer por allí algún federal cuando necesitaba un aumento en su coima. Por lo demás, el “gin tonic de la bañera” seguía siendo la bebida estrella, e igual te topabas con el hijo del gobernador que con el fiscal del distrito.

¿Cuántos malditos años hace de todo eso? Esta mañana el espejo lleno de vaho no acabó de despertarme, la niebla en mi cara, seguía perteneciendo al confuso territorio de los sueños, y sin embargo…

Hace mucho tiempo que a esta casa no la puedo llamar así, solo es una perra oficina con alma de neón, un barco varado en mitad de la noche del Downtown, que acoge las manías de alguien acostumbrado a no aguantar más que a sí mismo. ¡Qué remedio!

Miro por la ventana... un ferry se aleja hacia Jersey. Una pringosa melancolía me acompaña. Me preparo un vodka tal como a ti te gustan. En vaso bajo, con lima exprimida, agua mineral con gas, y mucho hielo.

Mientras me pinto los labios me explico a mí misma los sueños para ayer y los deseos para nunca jamás. ¡Qué fracaso tan constante!.

“Has estado a punto de curar a una romántica incurable”, -me digo-.
Pero no duele, ya no.
“No comprendo nada”, -me oigo decir con voz de vieja solitaria-, “nunca sabemos por qué amamos ni por qué dejamos de amar.”

Escuché el timbre y recorrí el pasillo con el arma en la mano.

Me acometió la certeza de que no recordaría la fecha ni la hora en que te iba a freír a tiros.

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