Segunda parte
Anoche, de vuelta en el hotel, un enorme y
viejo velero de dos palos y casco de madera estaba fondeado frente a mi
habitación. No había luz en cubierta, ni música ni champagne, ni mujeres en
paños menores encaramadas a las cofas de los airosos mástiles.
Esta mañana abro el ojo y busco el bello
velero. Zarpado había ya…y ¡no eran ni tan siquiera las ocho de la hora solar!
Si los ricos y famosos que navegan a bordo glamourosos yates por los mares
adriáticos se acuestan cual chachalacas y se levantan a la hora del campesinado,
¿para qué coños quieren ser ricos y famosos?
Los ricos, para cumplir con su función
social, deben ser holgazanes, lujuriosos y pantagruélicos. Así dilapidarían en
horas veinticuatro sus caudales, y algo llegaría a los infelices mortales que
viajan enlatados en líneas aéreas de bajo coste.
La chica de Estonia coloca su ordenador personal a medio palmo de sus bálticas
narices. Yo hago fotos al mar y a Dubrovnik con mi pequeña cámara compacta, así
llamada sin que yo sepa la razón. Mi compadre croata es un monstruo de la
palabra. Sabe todas las lenguas. “Idiomas y talentos” decían antes los rótulos
de las carnicerías que vendían lenguas de reses y sesos de corderos. Se me hace
raro escuchar a Mario Moreno Cantinflas disertar sobre las normas
internacionales de contabilidad. ¡Qué discurso habría hecho el manito original,
no más!
Comparto mesa y buffet con los colegas turco y albanés. Los alimentos, bien
gracias. La conversación genial. Ellos en inglés y yo en francés. ¿Fingíamos
entendernos o lo hacíamos realmente por intercesión del Espíritu Santo?
Mi colega Ulla, de Suecia, me pregunta,
atenta y curiosa, sobre lo que escribo en mi block con tanta unción. Le digo
que preparo una importante reunión para el lunes, a mi regreso a Madrid, cuando
la pura verdad es que tomo notas para mis blogs y para vosotras, mis
improbables lectoras. La mujer francesa, de apellido Obolensky y de familia
rusa blanca, se ha escaqueado de la reunión de la mañana. Acabo de pillarla
sudorosa y contenta, con compritas y paquetitos repletos de souvenirs. Todos
amamos las pellas, pero algunos las practicamos con más arte que otros. ¡Vamos
que, si yo me fumo una reunión, ni Dios es Cristo se entera de que estoy dándole a mi tarjeta de crédito,
que en mi caso es más bien de débito!
María, la austriaca, se lesionó una rodilla en la excursión adriática náutica
que yo rehusé. Mientras tanto, un servidor se trajinó a fondo las callejas y
plazuelas de Dubrovnik, por el lado soleado de cada rúa. Me topé con varias
bodas en iglesias católicas. Curas y monjas, apostados en las escalinatas,
recibían a los novios, siempre engalanados con trajes regionales. En cuanto te
descuidas entonan canciones con laúdes, mandolinas, bandurrias y acordeones. Cantan
y beben, y me convidan a vino resinoso al paladar.
¡Ah! Los cuatro casinos que hay en Croacia son de los hermanos Franco, gallegos
ellos. Y el director del casino del hotel Excelsior en Dubrovnik es de Murcia.
Se come bien por allá, por Croacia. Verdura, ensaladas, pescado y pasta.
También en Murcia se come rico.
Me regaña un artesano local. Vende joyas de azabache. También prendas con
granatitas. En su tiendecita, reparo en una vitrina con monedas antiguas de la
república de Dubrovnik. Preguntado por ellas, el dueño se puso muy digno y me
dijo que hay cosas que no se venden, que llevaban seis generaciones en su
familia y que había hecho prometer a su hijo que jamás las vendería. ¡Qué
bronca! Yo sólo quería un recuerdo numismático y, por ende, comparto con el
colérico vendedor su creencia de que el cariño verdadero ni se compra ni se
vende. Ingenuo que es uno.
De nuevo en casa, en la dura estepa castellana,
certifico que los pájaros de mi calle son más pequeños que los croatas. ¡Mis
colegas creían que las aves dálmatas eran golondrinas! ¡si serán pendejos!
Menudos y con la pluma parda, ¡eran como gorriones porque se trataba de
gorriones dálmatas, que también son criaturitas de los cielos!