( fotos del autor )
La operación de desmontar la estructura de zinc de mi hortelano
vergel hubiera requerido de un par de profesionales de esos que en el cine
americano hacen desaparecer cadáveres por el desagüe de una bañera y limpian el
escenario de un crimen de manera que ni el FBI, con todo su esplendor,
encuentra una sola prueba de la gran matanza del día de San Valentín. El “window
dressing” navideño de las cuentas y balances bancarios es juego de niños
comparado con mi trabajillo septembrino.
Como quiera que mi conocimiento de los bajos fondos de Madrid era entonces
limitado, pedí ayuda a dos amigos que por aquí andaban desnortados. Uno era
pobre y el otro muy rico. El pobre me ayudó, a cambio de instalarse en casa los
días que duró su adecentamiento y la eliminación de las pruebas del huertano
delito. El muy rico me dijo compungido que se iba a pasar unos días, el muy
mamón, a Saint Jean Les Pins en la Costa Azul.
Siempre me ha enternecido la natural disposición de los ricos a prestarse entre
sí la ayuda que niegan a los que verdaderamente la necesitan. Y quede claro que
a mí los ricos me gustan, mas siempre he procurado no formar parte de la
colección de ninguno de ellos. De muchacho advertí que algunos millonetis
padecen en grado sumo la curiosa vanidad de la filantropía. Sobre todo si se
practica con dinero ajeno.
En la gran limpieza, que hubimos de extender al resto del piso, contabilicé
ciento veintiocho vasos usados, noventa platos lisos de los grandes y noventa y
ocho de los pequeños. No había ningún plato sopero. Cientos y cientos de
cucharas y tenedores y muy pocos cuchillos.
En lo que concierne al gorrino estado del menaje de cocina, buena parte de la
responsabilidad la tuvo el pato que pesqué aquel verano de grana y oro.
El ánade pertenecía a la portera‑agente secreto y habitaba en un patio
interior, que era el mismo al que daban las tres habitaciones convertidas en
huerto. Y me tenía harto de sus graznidos ininteligibles. Se trataba de hacer
desaparecer limpiamente al pato, sin que la portera me denunciara en comisaría
o, peor aún, a la CIA. Fuíme a una tienda de caza y pesca llamada Rehala y pedí
sedal y anzuelo.
El dependiente me preguntó:
- ¿Cuánto sedal necesita Ud.? ¿De qué grosor? ¿De qué clase de pesca estamos
hablando?
Contesté:
- Se trata de un pato azulón común y de un tercer piso. El edificio es antiguo
y cada planta mide unos cuatro metros. Es decir, cuatro por cuatro son
dieciséis, más otros cuatro metros de reserva, veinte metros en total.
El dependiente cayó preso de un ataque de risa y no me cobró sedal ni anzuelo.
A pesar de sufrir un pinzamiento lumbar de etiología carcajeril.
Me compré la linterna más potente que encontré en aquella España de tan poca
potencia lumínica y empecé a observar las costumbres dietéticas y etología del
pato a fin de buscar el cebo adecuado. El bicho no se inmutaba cuando le tiraba
lombrices de las que habían aparecido en el huertecico, cuya tierra yo cavaba y
escardaba con tiento y con un almocafre granaíno. La pasta de dientes tampoco
le gustaba ni, sorprendentemente, el jamón de york de California 21. Di
finalmente con la clave: el tomate, siempre que fuera raff.
Tras una noche sin sustancia, dejé que el curso de las
cosas se precipitara. La madrugada del 10 de agosto pesqué al patito y lo subí
a pulso hasta la tercera planta. De guillotinar al palmípedo se encargó mi amigo
el pobre, que era revolucionario, jacobino y, por tanto, gran conocedor de las
técnicas de Madame Guillotine. Conste que el anzuelo se hincó en el tejido
córneo del pico, que no duele, según me explicó luego el profesor Franz de
Copenhague.
El fracaso final de la
operación pato a la naranja fue rotundo. La receta que habíamos recortado de la
revista Semana no funcionó. Tiempo después aprendí que las piezas de caza, de
pelo o pluma, suelen dejarse unos días para que sean invadidas por su propia
flora intestinal, sin que el grado de fermentación llegue a modificar su gusto.
Creo que los franceses lo llaman laisser faisander.
La portera acechadora no comprendió jamás el destino de su animalico. Dícese
que visitó a un psiquiatra, pues no hallaba razón de la desaparición, por arte
de birlibirloque, de un ave encerrada en un patio de luces en un edificio de
seis alturas. Era un pato virgen, que no había volado en su vida. Y dada la
pequeña dimensión del patio, aunque hubiera sabido volar, que no sabía, la corta
pista de despegue no le hubiera permitido alcanzar la altura necesaria para no
despanzurrarse.
Es una historia cruel y la cuento con el corazón comprimido. Pero la vida de un
pato prisionero por capricho de una portera agente doble es dura. Como dura era
la vida de cualquier animal en la España cañí. Las cabras volaban desde los
campanarios de las iglesias de pueblo. Los mozos rurales apaleaban a los
pobrecicos perros mientras éstos se apareaban y prefiero no mentar a los miles
de toros que son sacrificados cruelmente, cada año, en el ara de nuestra fiesta
nacional.
De muy chico vi con estos ojitos que se ha de comer la tierra cómo, en una
finca de Ávila y en invierno, los perros de una gran casa de labor dormían
atados a carros y tartanas, en noches rasas, a diez grados bajo cero. Al cabo y
a la postre, el pato sufrió poco, murió rápido y se ha convertido en una
leyenda en esta parte del barrio. Algún precio hay que pagar por pasar a la
historia. Y no se hable más de ello.