Ilustración de George Grosz
Yo
conocía la respuesta adecuada, pero aquél hombre enfierecido echaba espumarajos
por su boca:
-¡Al
carajo con las explicaciones! gritaba emborrachado de cólera.
De
nada sirve un argumento cabal si tu prójimo tiene la mente sucia y
el corazón lleno de ira. Y un revólver en la mano.
Probé
con un golpe de efecto:
-Si
me quitas de encima a esa tipa pelirroja, no tienes por qué matarme.
El
hombre primitivo miró tres segundos el cañón de su Smith and Wesson y
otros cuatro o cinco a mi entrecejo y escupió con gesto amostazado:
-¡Cuerpo
de tal! ¿ estás dispuesto a hacerte rico de una puta vez por todas?
Ahora
sí. Me tenía arrinconado contra las cuerdas. Lancé un gancho
de izquierda a su mentón:
-¿Y
tú, saco de mierda? ¿ quieres saber tú por qué no me caso yo con una gachí
forrada de pasta?



























