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lunes, 31 de mayo de 2010

CAPÍTULO VII



( séptimo capítulo )

Los sábados mi padre acompañaba en el coche grande y negro al dueño de la dehesa a depositar en un banco en Cartagena toda la recaudación de la semana, que don Antonio obtenía como corresponsal de los bancos en San Pedro del Pinatar. En aquella época los bancos no tenían sucursales en buena parte de los pueblos y apoderaban al cacique o al rico de la zona , que venían a ser la misma persona, para el cobro de las letras de cambio aceptadas por los lugareños. Ello dejaba una buena comisión y requería honestidad y pulcritud en el manejo de los fondos.



En la guantera del coche vi una vez una pistola que seguramente jamás fue utilizada ni siquiera para practicar el tiro. En aquella España privada de libertades, la profesión de atracador debía ser muy poco atractiva. En los años 50 se cometió un atraco muy sonado contra la joyería Aldao, en la Gran Vía de Madrid. La cosa debía ser tan poco frecuente que enseguida se cantó una coplilla cuyo estribillo decía “Aldao, Aldao las joyas te han robao”.


Mi padre aprovechaba el viaje sabatino para firmar los papeles propios de su cargo en la Administración pública, que un policía le acercaba desde Madrid bien a Cartagena, bien a la estación-apeadero de Balsicas.


En las dunas de la playa grande, mi yo femenino esperaba que ocurriera algo. Pero nunca pasaba algo. Sólo nada.

lunes, 24 de mayo de 2010

AL VIEJO ESTILO IV


( capítulo cuarto )
Tan lejos quedaba el pueblo más cercano, que cada semana había de pasar por las casas de la dehesa una galera grande llena de telas, puntillas de encaje, jabones y productos de olor. No existían las cremas de protección solar. La Nivea ayudaba a freírnos al sol, quemaduras que se aliviaban por la noche con paños mojados en vinagre. El comerciante que llevaba el carruaje, tirado por dos mulas enjaezadas, era conocido como“El Corsario”y, hecho el trato, nos regalaba caramelos caseros con sus manos de corsario levantino.

Conocíamos el valor de las cosas y la lógica de heredar camisas o abrigos de los hermanos mayores. Para sacar o meter pinzas o dobladillos, poner o quitar hombreras, o dar la vuelta a chaquetas o saharianas estaban las modistas que iban a coser a las casas en las máquinas Singer de pedales. Guadalupe se llamaba la nuestra de Madrid. Llevaba el pelo acardenalado en permanente achicharrada y tenía un novio torero o casi.

En las fiestas mayores y en algunas menores, en la casa de los peones camineros los labradores y tractoristas aradores hacían un baile, con laúdes y bandurrias. El aparcero que mejor tocaba la mandolina, a púa, se llamaba Tomás “El de la Alfalfa". Las mozas le festejaban y le buscaban las vueltas, de galán que era. Hice buenas migas con él, y al caer la tarde me dejaba acompañarle a segar con hoz alfalfa para echarla de comer a los conejos, que bien que servían para el arroz cuando no era temporada de caza.

Bien mirado, me parece que en aquella bendita dehesa las vedas no se respetaban escrupulosamente y las parejas de la Guardia Civil que hacían sus rondas a pie eran tratadas con gran consideración. Más de una vez les vi recibir un par de cartones de Chesterfield de contrabando,traído por los barcos extranjeros que venían a cargar a las salinas de San Pedro del Pinatar o a las de Torrevieja. También circulaba el Pall-Mall largo y sin filtro, así como el rubio inglés de Virginia que decían Navy Cut. Éste último fue causa próxima de mi primer y no grato encuentro con el cigarrillo.

( Zacarías Cerezo, acuarela de las salinas de San Pedro del Pinatar )