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domingo, 11 de julio de 2010

LA NOCHE MÁS ORIENTAL XV



( capítulo XV y final )

A Marisa Vegas


El día 8 de enero volvíamos a la jaula colegial, yo a mis proyectos de hacer de mi habitación un acuario gigante, o un huerto cercano a mi espíritu. También tramaba dedicarme en lo porvenir a la cría del mochuelo boreal.


Mas en aquel primerizo mes del nuevo año, el regomello dominante que me reconcomía era el irresistible arrebato de abrirme paso por la negrura del subsuelo de mi barrio. Así lo demandaba la poderosa acometida interior que me fue insuflada por aquél fulgor cegador sobrevenido en la noche más oriental de todas las noches.


En aquellos tiempos de color azul mahón, me representaba a mi mismo atravesando medio barrio reptando de casa en casa por el inframundo de la cuarta dimensión.

Bajaba yo a los cuartos de calderas, donde reina Pedro Botero, y me colaba por entre las rejas que cubren los intersticios horadados entre los muros de carga de nuestra finca y los medianeros contiguos. A ciegas, saltaba del nº 38 al 40 y luego al 42, y vecinos, de mi calle. Para cruzar de acera me arrastraba por alcantarillas, pozos y galerías de servicio. Siempre bajo tierra. Nunca sobre el ras del suelo. En las tinieblas.

Las ratas me seguían, después de clavarme sus ojillos rojos como el infierno y de comprobar que yo era niño de fiar.

Y yo imaginaba y esperaba, esperaba e imaginaba. Aguardaba a que las piedras se trocaran en rocas y se cubrieran de musgo. Tal vez en otro país, en otro tiempo...

lunes, 21 de junio de 2010

LA NOCHE MÁS ORIENTAL VI


( capítulo sexto )

Vuelvo al nacimiento, que me pongo a escribir y me salen más recuerdos que pensamientos. Pintar de rojo la bombilla que va situada detrás del portalejo para que la luz difunda calor de hogar era tarea delicada. Cinco minutos de bombilla encendida bastaban para que aquello oliera a chamusquina, con grave riesgo de que las montañas de auténtico corcho de alcornoque, el serrín del desierto y el musgo que a los tres días estaba más tieso que la pata de Perico, ardieran en llamas de fatales consecuencias en un edificio cuyas vigas eran de madera. ¡Pa’ habernos matao!

Nuestro inmueble no sufrió fuego incendiario ni pegó un explotío aquel trozo de decorado de Palestina, pero mis dedos pulgares y sus vecinos tienen sus huellas deformadas por las quemaduras que me hice tratando de desenroscar la lamparita Osram de 40w, sin paciencia suficiente para que se enfriase, que no tenía interruptor.

Cuando ya de mayor fui espía triple, a saber, para el Eje, para los Aliados y para la difunta URSS, me salvé en varias ocasiones de ser descubierto y fusilado al amanecer gracias a las irregularidades que presentan mis huellas dactilares. Y ello porque los dibujos de la piel de mis dedos son volubles. Como las damas. Mutables.

Aquella Navidad, o la siguiente, me empeñé en subir a casa una ovejita viva. Para que viese un belén instalado en todo su esplendor. Pensaba yo que a la oveja le gustaría conocer los campos de Galilea, de Samaria y de Judea, representados en época en que no daban tanto el coñazo unos y otros. O eso es lo que uno, en su cándida ignorancia, se suponía.