( capítulo XV y final )
A Marisa Vegas
El día 8 de enero volvíamos a la jaula colegial, yo a mis proyectos de hacer de mi habitación un acuario gigante, o un huerto cercano a mi espíritu. También tramaba dedicarme en lo porvenir a la cría del mochuelo boreal.
Mas en aquel primerizo mes del nuevo año, el regomello dominante que me reconcomía era el irresistible arrebato de abrirme paso por la negrura del subsuelo de mi barrio. Así lo demandaba la poderosa acometida interior que me fue insuflada por aquél fulgor cegador sobrevenido en la noche más oriental de todas las noches.
En aquellos tiempos de color azul mahón, me representaba a mi mismo atravesando medio barrio reptando de casa en casa por el inframundo de la cuarta dimensión.
Bajaba yo a los cuartos de calderas, donde reina Pedro Botero, y me colaba por entre las rejas que cubren los intersticios horadados entre los muros de carga de nuestra finca y los medianeros contiguos. A ciegas, saltaba del nº 38 al 40 y luego al 42, y vecinos, de mi calle. Para cruzar de acera me arrastraba por alcantarillas, pozos y galerías de servicio. Siempre bajo tierra. Nunca sobre el ras del suelo. En las tinieblas.
Las ratas me seguían, después de clavarme sus ojillos rojos como el infierno y de comprobar que yo era niño de fiar.
Y yo imaginaba y esperaba, esperaba e imaginaba. Aguardaba a que las piedras se trocaran en rocas y se cubrieran de musgo. Tal vez en otro país, en otro tiempo...

