Hace mucho tiempo era costumbre, en años de magra cosecha, aprovechar el aceite de oliva inservible para elaborar jabón.
Removíase la mezcla en grandes barreños de cerámica vidriada. Añadíase aceite de laurel y otro ingrediente que no recuerdo ahora, quizás glicerina. Batíase con palos largos de madera de avellano y la fuerza de los labriegos brazos. Y, ¡oh milagro!, ya estaba saponificado el aceite.
El mejunje se trasvasaba a cajones de madera, que eran apilados y puestos a desecar en las naves donde se entrojaba el grano. Cuando endurecía del todo era cortado con serruchos, primero en barras largadas y luego en tacos. Era un jabón muy bueno y sano.
Una mañanita de verano, al asearme en mi tocador con aguamanos de jofaina y palangana de porcelana, advertí en mi mendrugo de jabón huellitas de uñas y roeduras de dientecillos. Y así día a día y noche a noche de un estío calefaciente.
Tracé un plan, que ejecuté en la alta noche de la luna llena de agosto mientras velaba quieto y a oscuras. Sonar las dos en el reloj del salón y oír que el ratoncillo roía en mi jabonera fue todo uno. Era rabilargo y morripelúo. Preciosísimo. Le dejé hacer sin moverme. También los ratoncillos son hijos de los dioses.
Tardé en dormirme y lo hice pensando en que apenas sí faltaba un rato para la llegada del agua por la gran acequia, pues aquella amanecida era nuestro turno de riego. El capataz me despertó a las seis y media con la contraseña convenida. Tres pedrejones contra mi balcón.



