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viernes, 18 de junio de 2010

LA NOCHE MÁS ORIENTAL V


( capítulo quinto )

La secuencia que más me gustaba, y que formaba parte de una película de castillos y justas medievales, era la de un mozalbete, de alias “El Príncipe Valiente”, quien huía de los malos arrojándose desde una fortaleza al agua que la circundaba. Aguantaba sumergido en el fondo de la laguna durante varios minutos, hasta que los ballesteros que le perseguían se cansaban. Respiraba por el procedimiento de cortar con su machete un tallo de caña o junco o lo que fuera y asomar un extremo por la superficie, a manera de moderno tubo de bucear, pero en más largo. El príncipe melenudo se pegaba una "panzá" de minutos bajo el agua, cual delfín del medievo.
Aquella Navidad soñé que me bañaba en el mar con un delfín.

Este último verano se ha realizado, al fin, mi sueño premonitorio. He tocado el lomo y la panza de un delfín preciosísimo. En la playa de las dunas me avisaron a sol puesto que había aparecido un delfín joven cerca de la orilla. Cercanía relativa, y más si el océano está de marea alta y son casi las diez de la noche.

Llegué a él como pude y con ayuda de Thérèse, joven y fuerte nereida. De pronto, el agua abierta del océano se vuelve círculo de agua cerrada, para el delfín y para mí. Mide mucho más que yo. Su piel, que acaricio a su gusto, tiene tacto de poliuretano terso pero rugoso a la vez. Se voltea de panza y me la ofrece. El lomo es de color antracita y la tripa gris azul. Le toco. Cierra los ojos. Ya no hay ni pizca de luz. Nado con él, porque él quiere y hacia donde él quiere.

Siento no tomar una copa con mi adolescente cetáceo. Es apuesto y gentil, y yo le contaría cosas de los humanos, que también somos mamíferos. Él me hablaría de sus cadenas de tribu, pues viven en familia, como nosotros y los orangutanes. ¡Suerte, querido delfín! Si te vuelvo a ver, te regalo mi piscina y una cartilla de ahorro.