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miércoles, 23 de junio de 2010

LA NOCHE MÁS ORIENTAL VII


( capítulo séptimo )

Más tarde, espiando para el Mossad, me enteré de que ya en tiempos de Pilatos andaban tirándose unos y otros de los pelos, pero yo a la sazón no lo sabía. Si lo sé, voy y localizo los exteriores del nacimiento en Murcia, que es región bien hermosa y tiene de todo. Montañas altas, desiertos bravos, huerta feraz y un mar de miniatura, cual menuda alga brillante y plateada de sal.

Nuestro castillo de Herodes era un puro despropósito, porque mi hermana pequeña se empeñó en poner uno tan grande que deshacía toda la armonía y proporciones del conjunto. A mí me parecía una burrada dar tanto protagonismo a un señor “malafollá”, que había mandado degollar a no sé cuántos niños santos e inocentes. Nunca entendí qué narices tienen que ver los artículos de bromas y piñatas, que ahora venden los chinos del todo a cien, con la conmemoración del holocausto con esas pobrecitas criaturas, seguramente carne del Limbo.

La ovejita lucera tenía carita de azucena y provenía de un rebaño que pasaba por nuestra calle, de Pascuas a Ramos, porque mi querida calle era, y sigue siendo, una cañada o servidumbre de paso para ganado. Recolecté de entre los hermanos veinticinco pesetas, que cambié a la señá Casilda, la panadera, para juntarlas en un hermoso billetito de los de color morado. Esperé a que pasara el rebaño, que lo hizo un jueves, y metí al pastor en su zurrón la tela marinera del ala y ¡hala! para mí la ovejita.

Encaramé al corderito en mis hombros y trepé por la escalera de servicio, pues me dio por barruntar que en el montacargas igual se mareaba la criatura. Soy muy considerado con la cosa de los mareos por padecer de ellos. Tanto en coche, como en tranvía, avión o tren. Tengo el mal de mar hasta en la bañera, cuando me capuzo para enjuagarme el pelo, que en aquellos heroicos tiempos lavaba con champú de brea de marca Sindo. Era un mejunje laborioso de aplicar tanto por ir en unos sobrecitos que debían ser cortados por los extremos, como por picar en los ojos más que enchilada en mucosa gástrica.

La ovejita se aclimató bien a la casa y gustaba de mirar conmigo el belencico, aunque prefería mamar de la tetina de unos riquísimos biberones que yo le preparaba, a base de Pelargón y leche de la Granja Poch. Para mí que el animalillo creía que yo era su mamá, sobre todo porque le metía a dormir conmigo debajo de las sábanas y me bañaba con él en la bañera grande, para no desperdiciar el agua caliente, que entonces era un bien muy preciado por escaso.