( capítulo tercero )
El montaje del nacimiento comenzaba cuando salía el gordo de la Lotería, premio que nunca cayó en casa, aunque mi padre murió convencido de que algún año nos tocaría. Pensaba que para ello era menester comprar un número completo, con todas sus series. Nunca lo hizo al considerarlo gasto excesivo. Por eso no le cayó el premio gordo. Por no asumir el riesgo de tan elevada inversión. Así aprendí que no hay beneficio sin riesgo. Es la base de la economía capitalista. Para bien o para mal, que yo no termino de ver las dulces perfecciones del mercado regido por la codicia en estado puro.
Instalar el tablero de madera sobre el armazón de caballetes que lo sostenía, ir a la Plaza Mayor a comprar musgo fresco y a reponer alguna figurita descabezada, coja o manca, era rutina bien bella, bonita y barata. Los muñequitos eran de barro y sus extremidades estaban aseguradas con unos alambritos que hacían de tibias y peronés, si de piernas se trataba, o de húmero, cúbito y radio, si de brazos hablamos. Ahora las efigies son más feas que Picio, de plástico las baratas y de porcelana de Lladró las caras, que no sé qué cosa es peor.Miga tenía pegar estrellas doradas en el papel azul de forrar libros que remedaba la cúpula celeste, mientras los mayores se empeñaban en que los más renacuajos no metiéramos mano en el tubo de pegamento (ya saben, “para remedio, pegamento Imedio”), bajo la especie calumniosa de que poníamos todo pringando, como si ellos fueran espíritus puros. En la radio Inter, que tenía ojo mágico y todo, y que estaba plantificada en lo más alto del cuarto de estar, Rafael Medina cantaba “En los jardines de Granada” y Carmen Miranda el “Tico Tico”. ¡Ahí es nada!

