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jueves, 24 de junio de 2010

LA NOCHE MÁS ORIENTAL VIII



( capítulo octavo )

En la grisura de aquellos tiempos antiguos y étnicos no siempre había agua corriente, ni caliente, ni constante, ni al instante. La hornilla de carbón de la cocina calentaba el agua de un depósito encima de ella colocado. Muchos y muchos metros de pasillo desde allá hasta la bañera. Tuberías de plomo o de hierro, que no de cobre. La alcachofa de la ducha cegada por la cal del agua. Cortes de agua. Restricciones de posguerra. Una tardenoche pregunté:

- ¿Por qué sale agua marrón del lavabo?

- Son las obras del Canal de Isabel dos palitos, respondió la yaya.

Así llamaba mi aña a Dª Isabel II. Se conoce que los naturales de Ventas con Peña Aguilera no saben de números romanos, ni falta que les hace. La yaya Sagrario utilizaba un argumento inapelable y contundente para obligarte a llevar la ropa interior siempre limpia:

- ¿Llevas puesta la muda que coloqué anoche al pié de tu cama? ¿Y si te pasa cualquier cosa en la calle?

Me gustaba cuando balaba la ovejita ¡¡beeee!! y yo le contestaba ¡¡baaa!! En suma, lo que pudiéramos considerar como una inteligente conversación. Me sabía a musiquilla celestial ese dulce balar. Todavía lo echo de menos. Mi ovejita y yo éramos niños limpios que olíamos a rosas del campo. Su lanilla era más suave que el vello de una cabra de Cachemira.

Oía yo rezongar al cuerpo de casa sobre mis costumbres y aficiones, murmullos que arreciaban cuando la oveja dejaba sus cagarrutas en el pasillo o donde le diera la real gana. El mayor disgusto de mi infantil infancia me lo propinó mi padre cuando decidió, en la octava de Reyes, que ya estaba bien de contemplaciones y de pamplinas y que la oveja fuera enviada por Auto-Transportes Andalucía al convento de las monjas clarisas capuchinas de San Antón, en Granada capital. ¡A saber en qué asiento me la acomodaron para aquel viaje sin retorno! ¡Probetica!