martes, 26 de octubre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! XV


( foto tomada por el autor )

( capítulo decimoquinto y final )

Yo participé en la fundación de la revista “Cuadernos para el diálogo”. Me gasté las veinticinco mil pesetas que tenía en una libreta de ahorro abierta en la Agencia Urbana nº 1 del Banco de Santander, en Claudio Coello esquina Goya. Guardo las acciones como recuerdo, pues aquella aventura se fue a pique, justamente una vez que nuestro sistema democrático estuvo implantado. Fue una bella contienda, mientras duró.

Ahora sé que la democracia cristiana es retrógrada. Pero aquel grupo no lo era. Quería un régimen de libertades para España. Y sabíamos que el catolicismo oficial de la Iglesia jerárquica estaba sosteniendo a la ideología reaccionaria dominante. La oposición a Franco tuvo cuatro frentes: los estudiantes universitarios(a partir del año 56), los intelectuales (pocos y mal avenidos), la organización llamada Comisiones Obreras y unos cuantos curas sueltos.

Ada y yo dejamos de vernos y de saber uno del otro durante largos años. Ella se fue a América y otros continentes y yo a mi mundo de ficción. He escogido una vida de transgresiones moderadas, de emociones medidas y necesidades controladas. No siempre lo consigo pero... “estoy en ello”. Nunca dejé de pensar en ella un solo día. Tal y como el “Ciudadano Kane” respecto de una chica que, un día cualquiera, vio fugazmente pasar en un tranvía.

Ahora es tarde para todo porque no queda tiempo para nada. Ni siquiera para seguir con esta historia, que empezó en primavera y me deja un regusto a grosellas y hongos de otoño.

La dulce tarde ha llegado a su fin. La aurora aclara el segundo día de mi otoño. Ninguna primavea, ningún otoño remedian nada. Ada ha vuelto al jardín de los dioses que nunca dejó del todo, pues apenas se mezcló con nosotros, los mortales. Desde que se fue no quedan flores en la tierra. Todas están junto a Ada, que regresó al origen.

Noto que la edad apresura mis gustos y mis disgustos. Me queda menos tiempo de tener paciencia, y las personas, la mayoría, no me procuran materia de esperanza. Me refugio en mi escritura, que busca exactitud y economía. Pocas palabras para pocos lectores. Se precisan pacientes lectores que lean con sosiego.

Con la calma que yo perdí, rota en pedacitos, el día en que Ada me llamó desde la isla de La Reunión. En aquel entonces Ada era conservadora jefe de un enorme parque natural. Llamaba para invitarme a conocer su paraíso perdido y, de camino, para que asistiera a su boda, allí mismito, con mi rival francés.

Entre ruidos e interferencias grité a Ada: «recuerda que nunca es necesario decir que sí». Añadí: «¿y yo»? Ada respondió: «ya eres mayorcito y sabrás arreglártelas».

Ada había inventado un sistema para crear una capa de estructura vegetal encima de la tierra que está debajo del bosque. Se siembra soja que no se recoge y se deja pudrir. El invento ahorra plagas y el petróleo que mueve la maquinaria pesada. Luego la selva crece sin hongos ni otras calamidades, sobre la capa de las matas de soja podridas.

Resulta que mi vida había permanecido en el filo de una navaja biotecnológica. Y que había caído del lado tonto. Comprendí que los malos tiempos no habían hecho más que empezar.

FIN

Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Ton rire était trop frais
Et ton corps trop parfait
Tu aimais tant la vie, tant la vie…
... Tu étais trop jolie pour moi mon amour


Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Tu étais une enfant
Vivant intensément
Moi je n’ai pas compris, pas compris…

… Tu étais trop jolie pour vivre mon amour (Aznavour 1959)

martes, 19 de octubre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! XIV



( capítulo decimocuarto )

Becaud, Brassens, de un lado. De otro, Modugno, la Vanoni, la Zanicchi, Milva, Mina. Más abajo Richard Anthony. Marie Laforet, Sylvie Vartan y France Gall eran más de ver que de oír. Igual que la Hardy. Para las tardes lluviosas frente a la chimenea de la casita de Brunete. A Ada le gustaban Dylan y Joan Baez, incluso el plasta de Leonard Cohen. A mí, el rock and roll de Bill Haley y sus cometas. La relación de Antonio Ron con Ada era curiosa. Por un lado, como todos nosotros, estaba loco por sus huesos. Por otro, celoso de mi cuelgue por ella. Son sentimientos ambivalentes, normales entre amigos, aunque no fuéramos ninguno “confusos sexuales”.

El Ron no tenía nunca un duro. Literalmente. Su trabajo en el Instituto Nacional de Previsión daba para mal comer su familia y él. Le vi fumar colillas de cigarrillos ya fumados, que arramblaba de los ceniceros de cualquier casa o bar. Salía a la calle, y yo con él de lazarillo, a buscar una moneda caída en el suelo. Antonio Ron conocía mucho a un ginecólogo progre, el doctor Hernández, quien nos proveía de recetas de píldoras cuando alguno del grupo se ennoviaba. Con extranjeras, claro. Salvo Ada, que fue una de las primeras españolas de clase burguesa usuaria de la primera generación de aquel invento químico que, a no tanto tardar, trajo la revolución sexual a Europa, primero, y después a la España tardofranquista.

En las farmacias del barrio no despachaban ni preservativos. Y encima se permitían regañarte en voz alta, para avergonzar así al lúbrico adolescente que pretendía cumplir con su instinto, que no es tanto el de reproducirse sino el de jugar y gozar con el único deporte que no tiene reglamento. Mi generación ha sufrido no sólo la mutilación de sus derechos políticos y culturales sino la enorme represión del instinto más elemental y divertido. ¿Quién restituirá lo que nos hurtaron? ¡Que me devuelvan el dinero de mi entrada!



Es evidente que Ada no se afilió al clandestino PCE, partido comunista de España, porque el Ron acababa de dejarlo. Detenido en las redadas del año 56, Antonio se fue alejando del partido. El estalinismo no casaba con su natural asilvestrado. En la cárcel de Carabanchel el partido obligaba a distribuir los paquetes de ropa y comida que las familias hacían llegar a los presos políticos. En la navidad del año 57 la “señá” Antonia, abuela del Ron, le mandó a su nieto un jersey de cuello vuelto hecho con sus manos asarmentadas. El Ron se negó a la redistribución de los caramelos y chocolate que lo acompañaban. Así empezó su disidencia ideológica. Tiempo después, Antonio me dijo que no le gustaban los dulces, pero que se los había comprado su abuela “quitándose el pan de su boca” y que el cariño verdadero ni se compra ni se reparte con camaradas.

Ada coqueteó con el partido, pero... ni ellos confiaban en ella ni ella lo tenía claro. El Ron la decidió con su ejemplo. Al final de la carrera, Ada optó por ayudar a los comunistas, pero eso sí, desde su irreductible independencia de criterio.

jueves, 14 de octubre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! XIII


( Boticelli )

( decimotercer capítulo  )

Ada ha hecho de todo, siempre bien y sin despeinarse. Bufete profesional, enseñanza universitaria, “banca ética” dedicada a la financiación de energías renovables, microcréditos, apoyo a grupos de riesgo. Otra clase de banca, pues, también en América. Durante dos o tres años dirigió equipos multidisciplinares para estudiar el deterioro de las grandes forestas amazónicas y borneanas. Tiempo después, Ada fue nombrada conservadora jefe de un inmenso parque natural en la isla de La Reunión. Una llamada suya desde aquel paraíso perdido hizo añicos mi precario equilibrio interior. Ya contaré, si puedo, qué me dijo aquel infausto día la sacerdotisa Ada Afrodita.

La diosa sigue en el Olimpo. Nunca ha sido políticamente correcta. Se ha gastado lo que ha ganado en hacer lo que ha querido. Ha sembrado bien y paz. Ayuda sin entregarse. Los hombres dejaron de interesarla, salvo como personas. Tachada de poco práctica, me dijo un día “¡Quiá! nací herida de realidad y en busca de realidad sigo”. Usó palabras de Paul Celan, uno de sus poetas favoritos. Yo advertía en ella un modo exacto de estar en el mundo.

Amor no es voluntad, sino destino
de violenta pasión y fe con ella;
elección nos parece y es estrella
que sólo alumbra el propio desatino.

¿Dónde iré a parar si se apaga luz tan clara? ¿Quién me sacará de los rastrojos? ¿Qué me respondería el conde de Villamediana?

La vanidad es yuyo malo, que envenena toda huerta. Ada se sabe superior pero actúa como si no lo fuera. No es humilde, actitud que se refiere al reconocimiento de la propia inferioridad, sino sensible y compasiva. Casi siempre... A mí la injusticia me da unas veces tristeza y otras rebeldía. Ella simplemente se subleva.

Ada también sabe ser injusta. Alguna bronca me gané sin creer yo merecerla. Era cuestión de sensibilidades, de finos desajustes. Si yo no notaba que algo mío la hería, ella no disculpaba mi torpeza. A veces pienso que me podía considerar un privilegiado, porque a los demás todo perdonaba. A mí no me pasaba ni una. Yo sufría, sin que mermara ni una brizna mi embobamiento por Ada. Las diosas también pueden ser arbitrarias. La arbitrariedad confirma su mando. También pudiera ser que una regañina inmerecida de Ada significara que antes me había perdonado varias de las justificadas. Mas yo me sentía como cachorro que no recuerda por qué su ama le atiza con el periódico en el morro.

lunes, 11 de octubre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! XII


( capítulo duodécimo )

Me dediqué a otros aprendizajes. Antonio Ron, mi amigo comunista, volvióse inseparable compañero. Impecune, divertido y culto, padecía de “pájaras negras” según su autodiagnóstico. Hoy diríase que tenía tendencias depresivas. Siempre conmigo, incluyendo guateques y visitas a “los salones bien” de Madrid. Era brillante si estaba de buen humor. Si estaba “down”, podía ser corrosivo y destructivo. Por contra, mi sangre latía a toda pastilla y yo estaba vivo hasta durmiendo. Dado que para mí era evidente que el universo, ya sea en expansión o en contracción, tiende al caos, cuando éste se aproximaba, yo buscaba a Ada, porque ella era la última línea defensiva.


Si el Ron se ponía depresivo nos largábamos los tres al pueblo de Brunete, y, en Casa Campa, nos metíamos para el cuerpo sendas perdices estofadas y una arroba de vino tinto manchego con sifón. Luego pasábamos la tarde en la finca de mon père. Chimenea si invierno, piscina si verano.

Por entonces andaba yo en un Mini Morris 1275 cc. ¡Qué digo andaba, volaba! El Ron y yo, cuando se terciaba y teníamos efectivo, nos largábamos al Mar Menor, a jugar al póker en la fonda Neptuno de mi amigo Inocencio, entonces “compadre” del alma. Pagué la última letra del coche cuando terminé Derecho para ingresar en la Escuela de Cine. Al revés: acabé la carrera cuando pagué la última letra. Y cumplí con el obligatorio servicio militar. ¡Qué inútil desperdicio de tiempo!


Ada y yo obtuvimos el premio extraordinario de licenciatura o de fin de carrera o como se llamara o llamase. El de ella, en la rama de Derecho Público. El mío, en la del Derecho Privado. Sin hacer alharacas. Nos entrevistaron en los diarios “Arriba”, de color azul falangista y “Ya”, amarillo Vaticano. Conservo la foto de ambos periódicos. En la de Ada añadí, para mi álbum, este pié:


“…inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece…”

¿De quién tomé los versos? ¿De Fray Luis de León, quizás?


Sigo en el mundo del cine, ahora más bien en el de la TV. Un crítico más mejor que los demás escribió un día sobre mi obra: “…su cine es literario y su literatura, cinematográfica, pues no consigue separar ambos géneros”. ¡Qué cabrón! ¡Vaya manera de afinar! Mi literatura... Sí, también escribo. Guiones para series de televisión. Guiones nutricios, que me permiten seguir viviendo en mi barrio de nacencia. Alguna colaboración para Prisa, donde piensan que soy un ácrata de salón. Un señorito desclasado, pero señorito a la postre. ¡Qué “quedrán”! que dicen en Granada.

miércoles, 6 de octubre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! XI


(cápitulo undécimo)

Ada era utópica y acrónica. Las mujeres niñas o las niñas mujeres de mi vida de entonces pertenecían a su época y estaban en su lugar, incluso si se encontraban desplazadas de su origen o raíces. Ada era astro de otro mundo y su tiempo y espacios eran eternos, no como los nuestros, que marcaban nuestro hablar, nuestros movimientos y sobre todo nuestros pequeños miedos y tabúes diarios.

Tan es así que todos la queríamos pero ninguno supo entenderla del todo, ni amarla lo suficiente. Ni estar a su altura. Pienso, sencillamente, que me aproximé mucho. Pero... no lo suficiente. Aunque... ¿alguien conoce cómo se debe querer a una diosa? ¿Existen modo y manera?

Anduve trochas y carriles, sin ella, yo solito. Mas, pero, aunque, sin embargo, leímos juntos, en voz alta, a Gore Vidal, a Kerouac, a Rimbaud, a Mallarmé, a Verlaine. A Allen Ginsberg. También “Bonjour tristesse” de la Sagan. Malditos todos ellos. Escuchábamos a Zitarrosa, a Cafrune, a Cabral. También a Los Chalchaleros, a Falú. Nos gustaba ir al Jazz de la calle Villamagna. Tete Mon-toliú. Pedro Iturralde. Hoy no queda jazz en el barrio, que yo sepa. Jaime Marques, el brasileiro del jazz de Diego de León, llegó a ser amigo nuestro. Entendía la música como un sacerdocio. Yo militaba en la iglesia de Clara. En un viaje a París me iluminó una sesión de jazz con Chet Baker. Dejaba su trompeta y cantaba a nuestro oído: “…hoy estoy casi melancólico…”.



Ada seguía estudiando con método y natural facilidad. Yo empecé a perder interés por el Derecho. El Derecho público, administrativo y fiscal sobre todo, es sencillamente horroroso. Sólo el Derecho civil me gustaba y eso quizás porque está en desuso. ¿Alguien con mediana sensibilidad puede sostener que el derecho fiscal, o el laboral son verdaderamente “Derecho” con mayúsculas? ¿Dónde quedan los viejos principios romanos: “Vivir honradamente, no perjudicar al prójimo y dar a cada cual lo suyo”?

A partir de tercer curso mi único interés por la carrera era terminar cuanto antes. Y así lo hice. Ada seguía con su trantrán, una matrícula tras otra. Estudiaba todas las tardes, salía todas las noches. Dormía en dos tranchas: seis horas en la noche, dos en la siesta. Dejé de ir a clase y me matriculé, como alumno libre, de 4º y 5º cursos juntamente.

lunes, 4 de octubre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! X


( Capítulo X )

( foto Christian Coigny )


Lo de Catherine fueron dos años de “amour fou”, que me curtieron cuerpo y alma. No soy capaz de desvelar aquí el modo, la manera y el por qué se extinguió aquel volcán. Lo tengo escrito en relato que guardo bajo siete llaves en el alma, dentro de mi almario.

Mujer pasión, Catherine, era más vulnerable de lo que ella y yo creíamos. Su sensualidad mediterránea estaba a medio camino entre Argelia y Alicante, con parada y fonda en las Antillas francesas. Venía de reponerse de otra historia de amor que no me contó, con buen criterio. Lo supe mucho después, por boca de otra persona. Y tuve celos retroactivos.

Jugamos a ser eso que hoy se llama pareja estable y fuimos enormemente felices y desgraciados. Catherine no consiguió extirpar mi parte frívola y malamente burguesa pero... hizo lo que pudo.

Catherine encarnaba la dignidad y la decencia. En medio de un Madrid cutre y garbancero, con olor a berza y a churros mal fritos, constituía la más codiciada presa para el nutrido club de los petimetres señoritos cazadores de gacelas de importación. Ella se mantuvo íntegra, en medio de tanto depredador de vía estrecha que campaba a sus anchas por la terrible estepa castellana. Con cuatro perras en el bolsillo, o sin ellas, a vueltas con el pago del alquiler y lo demás, y mal comiendo en restaurantes llamados económicos, con riesgo de contraer salmonelosis en la mesa o ladillas en el baño. Trabajando con jefes rijosos, mal pagada, sin contratos ni seguridad social, siempre bella, siempre elegante de espíritu y de maneras, Madrid perdió un gran fichaje el día en que, doctorado bajo el brazo, regresó a su tierra democrática y civilizada. A la dulce Francia. Dejó un buen estudio sobre la obra dramática de Lope de Rueda.

Gracias a los dioses, a principios de los años ochenta pude, cara a cara que no cuerpo a cuerpo, explicarle a Catherine lo hasta entonces inexplicado y arreglar el ayer. Eso es lo que trae el otoño. Buscas paz, serenidad y saldar cuentas contigo mismo, con tu pasado y con los seres que te han hecho tal y como eres. Iluminarte e iluminar, si puedes lo primero y te dejan lo segundo.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! IX


( fotogramas de la película en super-ocho "Un verano sin pájaros",
protagonizada por el autor de este relato )

Vuelvo a Ada. “De alguna manera tendré que olvidarte...” me dice Aute. No. Jamás te olvidaréCuando me volví loco por ti, tú me elegiste como amigo, como el mejor de ellos. Mas ¡ay! que yo te quería para “amor constante, más allá de la muerte”. La poesía que ahora me importa, a luna llena de septiembre, a ti se refiere también:

“... calado de ti hasta el
tuétano de la luz...
En mi alma nacía el día.
Brillando estaba de ti;
tu alma en mí estaba...
Sentí dentro, en mi boca...
el sabor de la aurora...”

¿Es que Aleixandre te conoció? ¿Por qué, si no, se apropia de mis temblores, de mi “élan vital” hacia ti? Hubo de amarte, porque no ha existido otra persona digna de tales versos.

Comoquiera que este relato está condenado al cuarto oscuro, de un lado y, de otro, que no es tiempo de faroles porque el futuro es muy oscuro, despacharé mis amoríos de la dorada época universitaria en tres renglones. No incluyo los más fugaces. Que fueron, chispa más chispa menos, Jacqueline, la chica de Filadelfia, Rita, la de Rosario (Argentina), y Almudena, una española que estudiaba arquitectura y que se prestó a interpretar conmigo una película en super-ocho.

Aviso al no avisado lector que, en aquella época, español que preñara a mozuela nacional incurría en riesgo cierto de ser casado o fusilado al amanecer. Hasta el punto que el único compañero de mi curso que, ¡oh infelice!, se atrevió a yacer con su novia formal, fue obligado a casarse porque la exdoncella cayó embarazada tras una sola sesión de trabajo en el curso del viaje del paso del ecuador, expedición en la que no participé. Hago un paréntesis para reflexionar sobre una de las eternas paradojas de la condición humana. En aquellos años una casta muchacha podía quedar embarazada con poco menos de una certera mirada. Hoy en día, con las libertades generales y las particulares sexuales, proliferan las clínicas y sistemas para combatir la infertilidad. Ya se sabe, Dios da pañuelos a quien no tiene mocos, y viceversa.

Tuve una relación blanca, de noviazgo formal, con una de las hermanas de un amigo, compañero del alma, compañero. La cría era alba de piel, carite y dulcísima. La historia se terminó por mi inmadurez y porque un verano, en un Madrid vacío y tórrido, se cruzó por medio una gacela de enormes ojos verdes, mata de pelo castaño, con cuerpo de modelo de Mary Quant, pero con hombros y caderas a lo Haley Berry y carácter de mujer hecha y derecha.

Cuando la niña blonda y dulce volvió de vacaciones, le conté la entente hispano francesa. También hubiera podido callarme e intentar compatibilizar lo incompatible, pero preferí ser sincero y cantar la gallina. La cría no dudó en mandarme a freír puñetas y yo conservo un recuerdo maravilloso de ella y la esperanza de haber redimido mi falta, o, en su defecto, haber desenzarzado la situación. La hermana de mi amigo era menuda y alegre, de dulces ojos muy parecidos a los de mi madre; óvalo perfecto su cara. Era una mujer niña en paz consigo, cercana a un misticismo que ¡ay! aprecio y busco hoy más que antaño. Era una niña mujer de alma transparente, fuerte y más libre de lo que su frágil figura dejaba adivinar. Yo estaba verde. Me faltaban años y sabiduría.


miércoles, 22 de septiembre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! VIII


( foto del autor y protagonista del relato
poco antes de ser detenido )

( octavo capítulo )

En Fribourgo me matriculé en L’École Benedict para seguir un curso de lengua y literatura francesa. Los tres amigos españoles armábamos tal algazara que las clases se interrumpían sistemáticamente con este estribillo del profesor suizo: “messieurs les espagnoles, là bas, ¿de quoi rigolez vous?”. Yo me reía del profesor, un ridículo tipejo de la bas ville.

También me regocijaba de tener 18 años y haber ligado ¡en la parroquia del pueblo! con una italiana atractiva, simpática y cariñosa. Fue en una fiesta para estudiantes extranjeros. Se llamaba Ligia y era pelirroja, con pecas y una espetera admirable. Un auténtico torbellino toscano. Me recordaba a Monica Vitti, pero a la pata la llana y con más raza si cabe. Parecía un personaje de Fellini/Antonioni/Dino Risi.

Y yo contabilizaba mi segundo ligue extramuros, que el primero fue con una inglesita llamada Wendy a quien conocí en el Mar Menor, donde la guiri se ocupaba de desasnar a unos niños ricos y borricos, hijos de un exportador pimentonero. La joven institutriz estaba tristona y debió juzgar que el único mozo potable del lugar era yo, modestia aparte y mejorando a los entonces presentes. Yo no hablaba inglés. Ella, cuatro cosas en español con acento de “hay bueyes en el rebaño”.

Pero nuestro pequeño romance de verano nos ayudó a sentirnos iguales entre nosotros y distintos de los demás, de aquella troupe de vándalos, tanto indígenas como veraneantes. Si hablo de ligues no vernáculos me tengo que acordar de un beso que me dio una niña francesa, en el verano de preu. Acaeció en el portal del hostal donde se hospedaba en la Gran Vía. Pronto aprendí que en París las personas se besaban así, en la calle, en aquellos años todavía de represión para los españolitos.


Aquel beso me trae a las mientes mi primera detención para declarar en un cuartelillo de la Guardia civil. Sucedió en la playa de La Torre de la Horadada. Ya saben: “el cura del Pilar de la Horadada, como todo lo da, no tiene nada y, a falta de vecinos y vecinas, por la calle circulan las gallinas...”. No puedo presumir de malos tratos, pero no he olvidado la humillación de ser conducido al cuartelillo, ella estupefacta y avergonzada, y yo asustado y renegando de la época y pasaporte que me habían tocado en suerte. Noche oscura, playa de un mar sin olas, Wendy y yo reconociéndonos y deseándonos. Linterna del cabo de la pareja de la Guardia civil ¡mosquetón al hombro!

Los niñatos que se pasean hoy con banderas sin el escudo constitucional, si hubieran padecido o padecieran en sus carnes episodios semejantes, quizás gustarían menos de la autoridad, de los bigotes y de las hazañas bélicas.

Si hablo de una primera detención es porque hubo una segunda, también con chica y por igual delito: retozar junto al mar en playa y hora desiertas. Esta vez, tres o cuatro veranos después, la chica era de un guapo subido, un cañón del Colorado de fabricación española, y con más peligro que una piraña en un bidé. Ella y yo estábamos a lo nuestro en noche de plenilunio en la calita rocosa de Cabo Roig. La historia fue un remake de la anterior y mi cabreo mayor porque perdí una lentilla en el incidente. Para los jóvenes y jóvenas que seguramente no me leerán, diré que mis lentillas, de rígido cristal duro, fueron de las primeras que adaptó en Madrid la doctora Carmen Tato (“microlentillas de contacto”), en la calle Jacometrezo de Madrid. ¡Casi ná! ¡Ah! también perdí las 250 pesetas de la multa. El honor de la rubia niña pija salió indemne del trance, pues conseguí que el sargento no tomara los datos de su documento de identidad. El mío bien, gracias. En el fondo, y casi en la forma, en el cuartelillo tenían ganas de aplaudirme.
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jueves, 16 de septiembre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! VII


( séptimo capítulo )

( foto Enmanuel Sougez )

En el verano que puso fin al primer curso de la carrera, monté un viaje, a dedo auto-stopero, con un par de amigos de la facultad.

Pretendía llegar hasta Viena (diez días de estancia), pasando por París (quince días de parada) y Fribourg en la Suiza romande (un mes de estudio, parada y fonda). Y así lo hice, porque quise y porque pude, gracias a que en las tres estadías “pegué la gorra” a modo.

En la Ciudad Universitaria de París, XIVème distrito, me alojé en el Colegio de España, a precios del eufemísticamente llamado Sindicato Español Universitario (SEU) y gracias al “enchufe” de un tío mío, que era Decano de una Facultad, y me ayudó a lograr plaza. “¿Café, thé ou chocolat?” me preguntaba cada mañana una viejecita encantadora que servía los desayunos. El almuerzo también lo hacíamos en el comedor universitario.

En aquel agosto, primer año de mi libertad condicional, Ada, que había prometido visitarme, se presentó en París... con un amigo. Ambos se habían conocido al borde de la carretera, mochilas a la espalda, caras quemadas por los soles de la meseta de Castilla, los céfiros de los Pirineos Atlánticos, las brisas resinosas de las Landas, el bochorno verde y húmedo de Dax, y los dorados rubores de los viñedos de Burdeos. Así hasta París, procurándose caminos no trillados. Y yo, de turismo por Versalles.

La diosa Ada estaba radiante, en sus glorias. Se abrazó a mí y me hizo abrazar a su socio de autostop, que resultó ser un tío legal. Mayor que nosotros, había estudiado sociología en La Sorbona y nos enseñó un París desconocido que no he vuelto a saborear. Hicimos un poco el trío de Jules et Jim, pero sin abandonar mi adustez, tan hispana. Me porté muy bien. Aguanté los celos y disfruté viendo a Ada disfrutar con cara de aleluya.


En el Friburgo suizo dormía en una residencia de los padres agustinos y llenaba la andorga en el seminario que tenían allá los curas marianistas. En seguida aprendí el camino hacia el cuarto de las cámaras frigoríficas de aquel nido de levitas y mis dieciocho años agradecieron mucho los fiambres, embutidos y quesos suizos que me servía yo mismo, eso sí, con permiso de la autoridad eclesiástica.

En Viena cenaba y dormía en el colegio, también marianista, de la ciudad imperial. Mi cama estaba en un pabellón aislado del resto de los inmuebles donde vivían los religiosos. En el dormitorio colectivo de aquel internado, cerrado por vacaciones, moraba un servidor, más solo que un huevo frito en aquel septiembre austro-húngaro. Confieso que en aquella enorme alcoba, dividida por mamparas y con la típica estufa, tipo salamandra centroeuropea en su centro, pasé miedo y frío. Dormía a solas en un gran edificio, en país de lengua germana y con un hambre en las tripas que aún me suenan. Los curas y levitas cenaban, y yo con ellos, dos salchichas vienesas y una taza de té. ¡Ah! y pan negro, que era lo que me salvaba de caer exánime cada madrugada. En las escaleras de aquel pensionado vienés, sufrí por vez primera de lo que, a mi vuelta, el médico de casa diagnosticó como “dolores neuríticos”. El tiempo ha querido que sean muy llevaderos, pero en aquel entonces y en aquel país tan “rejodío”, creí que me había dado un “paralís”.

viernes, 10 de septiembre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! VI


( sexto capítulo )

Hoy, en este puto otoño de la vida, comprendo que Ada tenía una manera humanista y laica de vivir su alegría, sus sentires. En medio del desierto, era la duna más alta, el oasis más feraz, el faro de nuestra Alejandría, el lucero de mi alba. La Justine de Durrell. Una diosa, hada de un boscaje que sufría la lluvia ácida del franquismo, lleno de gnomos confusos de pura medianidad.

Ada se apañó para salir indemne del asunto del profesor ayudante de derecho romano. Como rayo de sol por un cristal, sin romper las estructuras ni mancharse ella. Resulta que un profesorcillo salido quiso gustar la miel de Ada con su boca de asno. En aquella época una denuncia de lo que ahora ha venido en llamarse “acoso sexual” hubiera conducido muy probablemente a la expulsión de la alumna de la facultad y a la confirmación, o ascenso, del acosador. Así funcionaban las cosas. Cuando Ada se hartó de tanta insinuación, de tantos encuentros “causales” disfrazados de “casuales” en aulas vacías, de notas bajas cuando merecía altas y de veladas amenazas de ser suspendida en junio si no era posible tomar una copa tête a tête, pasó a la acción.

Un tal Vivancos, amigo por vía familiar, trabajaba en la secretaría de la facultad. Obtuvo el teléfono de la casa del lujurioso docente. Una mañana, mientras el profesor asno estaba en clase haciendo la pelota a su catedrático mandarín, Ada llamó a casa del abusador y habló con su sufrida esposa. “¿Está Ud. de acuerdo en que propinemos, a medias, a su maridito lindo una lección incruenta aunque olorosa? Soy una alumna de su cátedra y estoy hasta las tetas de aguantar al baboso que le ha tocado a Ud. en suerte”. La legítima se avino al juego. Ella también estaba hasta el moño de las infidelidades, o tentativas, del tontolculo de su Federiquito.



Ada citó al deshonesto y rijoso profesor en El Corzo, bar inglés sito en la calle General Sanjurjo. Para ello aguardó a la siguiente acometida. Es decir, pocos días. Advirtió a la señora esposa del lugar, día y hora de la cita que el gilí pensaba sería el inicio de un affaire con la chica más guapa y lustrosa que ja-más vieron los tiempos modernos.

A las 7,30 p.m. del día de autos, Ada llamó por teléfono a Jose, camarero de El Corzo, amigo y confidente suyo. Le dijo: “¿ves a un palomino casposo en la mesa del lado de la barandilla, la más cercana a la puerta? Pues vas y le dices que Ada no puede asistir a la cita. Pero te esperas para transmitir mi recado a que llegue una señora llorosa y cabreada. Se lo dices en voz alta, delante de ella. Gracias. Te debo una. Por cierto ¿te acordaste de mezclar las píldoras de Laxen Busto* en su copa? OK. Besos. Cambio y corto”. Recuerden: Laxen BUSTO “para cagar a gusto”.
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martes, 7 de septiembre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! V


( capítulo quinto )

Ada era donosa, espigada, de pómulos salientes, mandíbulas cuadradas, con un principio de muesca hendida en su mentón. En las mejillas tenía dos hoyuelos que rendían el albedrío de tirios y troyanos. Su pelo pesaba mucho. Sólo vi una vez cabellos semejantes. Adornaban la cabeza de una chica suiza, lánguida y triste de desamor. Guapa y melancólica hasta decir basta. La helvética me contó que a veces le entraban jaquecas por soportar el peso de su melena. Comprobé que un pelo suyo era 3 ó 4 veces más grueso que uno mío.

El amor invitaba, llamaba, a Ada. Para darle cobijo, ella esperaba a estar de buena luna. Esa mujer no era el invierno, ni el otoño, ni el estío. Era la consagración de la primavera, con su boca llena de risas, que regalaba al universo y a cada uno de sus habitantes. De noche brillaba su piel y sus ojos tornaban de verdes a color miel de acacia. De manos largas y fuertes, como alados eran sus pies, del número 40, tan infrecuente entonces en la mujer made in Spain. Ni Ava Gardner, ni Rita Hayworth, ni Abbe Lane, ni Katherine Hepburn, eran dignas de besar por donde Ada pisaba. Alta era, quizás de tanto mirar al cielo.

Una vez, en La Pérgola de la Cuesta de las Perdices, me habló con una voz tan suave, profunda, y dulce que juro que me caí de la silla. En otra ocasión estábamos Ada y yo dentro del Seat seiscientos de su hermana, aparcado en el Paseo de Rosales. Le ofrezco un pitillo Rex o Récord, que no me acuerdo bien, y va y me lo agradece con una leve caricia de su dedo índice sobre mi mejilla. Al sentir su piel en la piel mía, me puse a llorar y salí corriendo. No paré hasta llegar a los altos del Cuartel de la Montaña. Me tumbé boca arriba y me dije “ya está”. Así me decía y repetía ciento quince mil veces. Aún hoy, mil años después, no sé a ciencia cierta qué era lo que “ya estaba”. Pero estaba.

Escribo con ojos que mojan los rayados pliegos de mi block y mano que corre sola sobre el papel, sin esperar a que mi mente ponga orden en mi lacerado recuerdo.

viernes, 3 de septiembre de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! IV


( capítulo cuarto )


Su cultura anclada en la “divine gauche” servía a Ada para relativizar nuestras salidas con gente pija. La parrilla del Plaza y el Royal Bus en la Gran Vía. Bernard Hilda’s Orchestra en el Castellana Hilton, el Gas Light, la Boîte, el Gitanillo’s de cerca de la calle Mayor, que no el bar inglés que estuvo en la de Claudio Coello. También la discoteca enclavada en Moncho Street y el Tartufo de detrás de la Gran Vía, entonces avenida de José Antonio. En todos ellos bebíamos y reíamos como jóvenes cachorros, regocijadamente.


El amigo golfo se llamaba Carlos y gustaba de practicar la caza mayor en los cotos frecuentados, los jueves por ser día de libranza, las criadas dedicadas al servicio doméstico. Pongamos por caso, los bajos del cine Salamanca, los del cine Barceló, o los palcos del cinema Alcalá. Había otros cazaderos, pero fuera “del barrio” por antonomasia, y Carlos no quería ser visto por Tetuán de las Victorias, Ventas o el mismo Argüelles. De Vallecas sólo sabía que tenía un puente, al igual que el Pozo del Tío Raimundo tenía un cura comunista.


Ada sabía ver el lado tierno de su amigo, que contaba sus andanzas con donaire y desparpajo. Carlos se reía de sí mismo y no dudaba en ridiculizarse al narrar sus gracias y desgracias. Jugador de póker en timbas de tahúres semiprofesionales que le sacaban los cuartos que afanaba en su casa, Carlos conoció prestamistas y compradores de objetos robados. A éstos últimos llevaba algún bibelot, libros viejos de su padre e incluso sortijas de familia. Siempre con deudas, siempre de buen humor, siempre con copas, bien llevadas eso sí, y siempre dispuesto a ayudar a los amigos “normales”.

¿Quién no ha necesitado un apartamento para una tarde, un coche para un fin de semana o cuarenta duros para gasolina? Carlos proveía de todo con elegancia y nunca reclamaba nada. No como los matatías y mohatreros, de quienes recibió, en mala hora y por personas interpuestas, alguna paliza.

 Un día de cocido en Malacatín, en el Rastro, un compañero progre recriminó a Ada su amistad con el pijo de Carlos. Ella, con su voz de trigo recién molido, reprodujo así la última de Carlitos:

-"salgo de casa a recoger a una yankee que me ligué en el bar de Filosofía y Letras y de la Manila de Callao me la llevo a bailar al club Castelló. Pide la gringa media combinación tras otra. Yo con mi Ballantines, venga a dar vueltas al hielo, a ver si cundía. Bailo, sin conseguir arrimar material de combate. Pido la nota y... advierto que no llevo encima la cartera. Se lo digo al maître"

-"Por Dios, D. Carlos... ya pagará Vd. otro día... si no le importa dejarme el carnet de identidad... ya sabe... es la norma".

Carlos continuó su loco discurso:

- ...dejo a la tal Ruth en su residencia y me voy a buscar pasta al Corral de la Morería. Puri, la del tabaco, me presta quinientas del ala y me dice: "Carlitos, no te vayas, que estoy esperando un hijo tuyo..." Hago la estatua. Ella se pone a llorar. Me pide que la espere a terminar el segundo pase del espectáculo de La Chunga. Quiere que la deje en casa. Aguardo. Aparece un empeñero y me trinca la pasta, toda. A las cuatro a.m. llevo a Puri hasta unos bloques que Banús había construido por donde da la vuelta el aire. Intento despedirme. Puri insiste en que suba. ¡Qué remedio! Ya en el piso se me echa encima un hermano de la mancillada, con un garrote de feria de tamaño natural...».

Ada no quiso seguir. Como muestra basta un botón. Preguntó al progre si las reuniones de la FUDE eran tan amenas como las historietas o fantasías de su amigo. ¡Quiá!


Ada tenía un amigo, hermano de amiga, que gustaba de alternar con mujeres de la noche en los cabarets de moda. El Biombo Chino, Alazán (“encanto y belleza”), Micheleta, Las Palmeras, Casablanca, Pasapoga, Riscal, la piscina Stella en el verano. L’éléphant blanc, también, en los bajos del cine Coliseum. El putero señorito decía que las chicas de alterne eran más generosas y honestas que las doncellas casaderas. Alguna vez llevó a Ada a las sesiones de tarde de esos clubes (“señoritas gratis”).

lunes, 30 de agosto de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! III


( capítulo tercero )
Hoy, transcurridos muchos años de gracia y alguno de desgracia, pienso en lo fácil que para Ada resultó pasar del invierno de la infancia a la primavera de la adolescencia. Sin dudas, sentimientos de culpa o regresiones. De golpe se terminaron las prácticas formales de la religión oficial.

 De regla tardía, la caja de su cuerpo maduró maravillosamente en la Ciudad Universitaria de Madrid. De ojos claros, bien abiertos y bien guasones, sus pechos remedaban, a mejor, el busto de la Marianne de la República Francesa. Las largas piernas de Ada brotaban de más arriba de sus caderas, que a su vez sostenían el trasero más importante de todo el distrito universitario.

A propósito de su culo, contaré que, en tercer o cuarto curso de la carrera, el cursi y relamido de D. Leonardo, granadino y catedrático de Derecho Procesal, echó a Ada de clase por llevar pantalones vaqueros, que por entonces no se llamaban, como ahora, jeans. Otro apunte del clima imperante: un catedrático de Derecho Canónico, con apellido de comunero castellano, gordito, bajito y meapilas, a la hora de explicar los impedimentos y causas de anulación del matrimonio, como la impotencia y otras hierbas, rogaba que se ausentaran de clase las alumnas futuras abogados.

Ada leyó “El Cuarteto de Alejandría” de Durrell. A Henry Miller también: los dos trópicos,” Nexus”, “Plexus” y lo demás. Devoró la “Rayuela” de Cortázar, el “Bomarzo” de Mújica Lainez, el Jardín de los “Finzi Contini” de Giorgio Bassani y otras novelas que se vendían bajo cuerda. ¡Bendita editorial Losada. Buenos Aires. Argentina! Se entusiasmó con “Jules et Jim”, de Henri-Pierre Roché y “Le genou de Claire”, de Eric Röhmer. Huellas perennes dejaron en ella, como la suya en mí.

                                                                           ( foto de Yamamoto )

viernes, 27 de agosto de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! II


( capítulo segundo )

Cañas, vinos y tapas por Moncloa con las nuevas amigas. Pinchos en Serrano con las burguesitas excompañeras de las irlandesas. El Corrillo, Samuel, Peláez, El Águila, El Aguilucho, Mozo, el café Roma, La Ancha, Jurucha y Sakuskiya. Mucho cineclub de colegio mayor y algún concierto en el Monumental. Antonioni, Bergman, Godart, Chabrol, Truffaut, Risi. ¡Rohmer! Y los inevitables Eisenstein, Max Ophuls, Renoir y Von Strömberg. Bardem y Berlanga, con guiones de Azcona, de cuando en cuando, ma non troppo. El cine español estaba tachado de cutre y facha.

Yo también devoraba cine. Sin orden ni concierto. Mejor si estaba censurado o prohibido. Rossellini, Visconti, Clouzot, los Taviani, la Varda, Resnais, Louis Malle. Cualquier película europea mutilada era mejor que una americana intacta. Así pensaba yo por aquel entones, en que huí, haciendo notar ruidosamente mi disconformidad, de la proyección de películas como “Esplendor en la hierba” o “La gata sobre el tejado de zinc” .

Ada empezó a salir con un chico delgado y alto, de Linares, provincia de Jaén. Guapo, paleto y torpón, andaba el hombre confuso tanto por lo civil como por lo religioso. El primer ligue de Ada no dió para mucho, ni ella lo procuró. Años después, cuando se celebró el XXV aniversario de la promoción, el chico del sur invitó a Ada a subir a su habitación en el Meliá Princesa. “Asignatura pendiente” decía él. Así contestó ella al tal Tomás: “si entonces no me apeteció, menos hoy. Y con los cubatas que te has metido, igual ni puedes...”



En verdad a Ada quien le hacía gracia era otro, que era de Valladolid y muy blanco de piel. Casi tartamudo de puro tímido, ella veía en él algo profundo y oscuro, como Serrat ve en el Mediterráneo. Hijo de militar, vivía por el paseo de la Florida, cerca de la Estación del Norte. Allí le dejó Ada en más de una ocasión, cuando su hermana le prestaba el Seat 600D de color azul claro, matrícula M-300.564.

Ada coqueteaba con él, le ponía ojitos y le hacía morritos y mohines. Ni por esas. El crío no se atrevía ni a respirar en su derredor. Ada sabía que Mario andaba pretendiendo a “una pedorra” más fea que Picio, hija del director del periódico de los sindicatos de Franco. Con ella se casó y con ella sigue. En otro aniversario de algo, Ada buscó sentarse a su lado en la mesa del restaurante José Luis. Así habló Ada a Mario: “¿por qué no te dejaste ligar?”. Respuesta de él: “porque no ibas en serio conmigo”.

(fotos Masao Yamamoto)
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miércoles, 25 de agosto de 2010

¡AL SOL DE LA BELLEZA! ¡LA PRIMAVERA! I



J’attendrai

Le jour et la nuit
J’attendrai toujours
Ton retour
... Et pourtant, j’attendrai
Ton retour
(Poterat 1937)
( Capítulo primero )

La primavera de Ada llegó en el otoño de aquel año. Cumplía diecisiete y empezaba a estudiar la carrera de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid.

Atrás, colegio, uniforme, colores grises y muros altos. Letanías y mecanismos de repetición. Mantras católicos. Tiempo perdido, día a día, año a año. Once en total.

En la facultad había luz de colores, olores y personas vivas. Desde las aulas Ada ponía sus ojos en la Casa de Campo, el monte del Pardo y, más allá, en la sierra de Guadarrama. Mañanas de azules velazqueños, rubescentes horizontes en las tardes.

Bajaba del metro en Argüelles, salida Alberto Aguilera, y el autobús E depositaba a Ada en clase. Por el camino, plátanos de adorno, castaños de Indias, algunos cedros de nueva plantación, pinos piñoneros, alcornoques y nogales. Todavía quedaban en Madrid retazos de monte bajo. Retamas, jarales, madroñeros y encinas chaparras.

El nuevo mundo era mejor. Ada elegía. Estudiaba o no. Entendía o memorizaba. Si perdía el tiempo, de ella dependía, no se lo perdían los demás.

Ada optó por estudiar dos o tres horas al día, desde el primero, antes que dejar para mayo el atracón final. Gustaba más de las asignaturas que se referían a otros tiempos, como la Historia del Derecho o el Derecho Romano. Asistía a clase por la mañana, estudiaba después de la siesta y, al caer la tarde salía a orearse con sus amigas.

domingo, 22 de agosto de 2010

EL HUERTO INMEDIATO XIV y final




( capítulo décimocuarto y final )

( foto Yamamoto )

La portera acechadora no comprendió jamás el destino de su pato. Dícese que visitó a un psiquiatra, pues no hallaba razón de la desaparición, por arte de birlibirloque, de un ave encerrada en un patio de luces en un edificio de seis alturas. Era un pato virgen, que no había volado en su vida. Y dada la pequeña dimensión del patio, aunque hubiera sabido volar, que no sabía, la corta pista de despegue no le hubiera permitido alcanzar la altura necesaria para no despanzurrarse.

Es una historia cruel y la cuento con el corazón comprimido. Pero la vida de un pato prisionero por capricho de una portera agente doble es dura. Como dura era la vida de cualquier animal en la España cañí. Las cabras volaban desde los campanarios de las iglesias de pueblo. Los mozos rurales apaleaban a los pobrecicos perros mientras éstos se apareaban y prefiero no mentar a los miles de toros que son sacrificados cruelmente, cada año, en el ara de la llamada fiesta nacional ¡Qué salvajada!



De muy chico vi con estos ojitos que se ha de comer la tierra cómo, en una finca de Ávila y en invierno, los perros de una gran casa de labor dormían atados a carros y tartanas, en noches rasas, a diez grados bajo cero. Al cabo y a la postre, el pato sufrió poco, murió rápido y se ha convertido en una leyenda en esta parte del barrio. Algún precio hay que pagar por pasar a la historia. Y no se hable más de ello.



El verano terminó y volvió el barullo de la vida, esa gran parodia de la realidad. Se acabó mi estado de letargo y mi vocación de ermitaño a tiempo parcial. Si alguien de la familia advirtió indicios o sospechas de actividades paranormales, tuvo la delicadeza de callar, probablemente porque fingir ignorancia es menos fatigoso que indagar verdades inanes.



Empecé a ganarme la vida como leguleyo cagatintas, con gente poco divertida, si bien yo hubiera preferido regentar un casino o un burdel, inclinaciones ambas que cumplí años más tarde. He procurado que mi existencia no sea tan solo un episodio de la nada. La vida no obliga a nadie a ser una mierda. A evitarlo me ayuda la circunstancia de que mi época y yo no concordamos.



Cuando junté unos dineros, compré un buen tramo de tierra de sembradura, adecuada para que mi, entonces, arbusto del gran árbol de Bho pudiera crecer lo que quisiera. Hoy mide más de muchos metros y he logrado que mi árbol sagrado tenga la forma corporal del viento.

jueves, 19 de agosto de 2010

EL HUERTO INMEDIATO XIII



( capítulo decimotercero )

( foto del autor )

En lo que respecta al gorrino estado del menaje y utensilios de cocina, buena parte de la responsabilidad la tuvo el pato que pesqué aquel verano de grana y oro.

El ánade pertenecía a la portera agente secreto y habitaba en un patio interior, que era el mismo al que daban las tres habitaciones convertidas en huerto. Y me tenía harto de sus graznidos ininteligibles. Se trataba de hacer desaparecer limpiamente al pato, sin que la portera me denunciara en comisaría o, peor aún, a la CIA. Fuíme a una tienda de caza y pesca llamada Rehala y pedí sedal y anzuelo.

El dependiente me preguntó:
- ¿Cuánto sedal necesita Ud.? ¿De qué grosor? ¿De qué clase de pesca estamos hablando?
Contesté:
- Se trata de un pato azulón común y de un tercer piso. El edificio es antiguo y cada planta mide unos cuatro metros. Es decir, cuatro por cuatro son dieciséis, más otros cuatro metros de reserva, veinte metros en total.

El dependiente cayó preso de un ataque de risa y no me cobró sedal ni anzuelo, a pesar de sufrir un pinzamiento lumbar de etiología carcajeril.

Me compré la linterna más potente que encontré en la cacharrería del barrio, que no fue gran cosa si tenemos en cuenta que aquella España tenía de por sí muy poca potencia lumínica. Empecé a observar las costumbres dietéticas y el comportamiento etológico del pato, a fin de buscar el cebo adecuado. El bicho no se inmutaba cuando le tiraba lombrices de las que habían aparecido en el huertecico, en la tierra que yo cavaba y escardaba con tiento y con un almocafre granaíno. La pasta de dientes tampoco le gustaba ni, sorprendentemente, el jamón de york de California 21. Di finalmente con la clave: el tomate, siempre que fuera de pata negra.


Tras una noche sin sustancia, dejé que el curso de las cosas se precipitara. La madrugada del 10 de agosto pesqué al pato y lo subí a pulso hasta la tercera planta. De guillotinar al palmípedo se encargó mi amigo el pobre, que era revolucionario, jacobino y, por tanto, gran conocedor de las técnicas de Madame Guillotine. Conste que el anzuelo se hincó en el tejido córneo del pico, que no duele, según me explicó luego el profesor Franz de Copenhague.


El fracaso final de la operación pato a la naranja fue rotundo. La receta que habíamos recortado de la revista Semana no funcionó. Tiempo después aprendí que las piezas de caza, de pelo o pluma, suelen dejarse unos días para que sean invadidas por su propia flora intestinal, sin que el grado de fermentación llegue a modificar su gusto. Creo que los franceses lo llaman “laisser faisander”.

martes, 17 de agosto de 2010

EL HUERTO INMEDIATO XII


( capítulo duodécimo )
( foto del autor )

La operación de desmontar la estructura de zinc de mi vergel hubiera requerido de un par de profesionales de esos que en el cine americano hacen desaparecer cadáveres por el desagüe de una bañera y limpian el escenario de un crimen, de forma y de manera que ni el FBI, con todo su esplendor, encuentra una puta prueba de la matanza del día de San Valentín. El “window dressing” navideño de las cuentas y balances de las sociedades y fondos de inversión es un juego de ursulinas comparado con mi trabajillo septembrino.

Como quiera que mi conocimiento de los bajos fondos de Madrid era, por entonces, limitado, pedí ayuda a dos amigos que andaban desnortados en los madriles. Uno era pobre y el otro muy rico. El pobre me ayudó, a cambio de instalarse en casa los días que durara su adecentamiento y la eliminación de las pruebas del hortelano delito. El muy rico me dijo compungido que se iba a pasar unos días, el muy mamón, a Saint Jean Les Pins, en la Costa Azul.

Siempre me ha enternecido la natural disposición de los ricos a prestarse entre sí la ayuda que niegan a los que verdaderamente la necesitan. Y quede claro que a mí los ricos me gustan, mas siempre he procurado no formar parte de la colección de ninguno de ellos. De muchacho advertí que algunos millonetis sufren de ataques de vanidad filantrópica. Mal asunto, sobre todo si se practica con dinero ajeno, cosa habitual en las Hispanias.

En la gran limpieza, que hubimos de extender al resto del piso, contabilicé ciento veintiocho vasos usados, noventa platos lisos de los grandes y noventa y ocho de los pequeños. No había ningún plato sopero. Cientos y cientos de cucharas y tenedores y muy pocos cuchillos. Todo ello más sucio que la sotana de un cura.

domingo, 15 de agosto de 2010

EL HUERTO INMEDIATO XI


    ( capítulo undécimo )

Testigo soy de que Madrid en verano no es Baden-Baden. Con familia o sin ella, es más bien un terrible poblachón manchego con vistas a la nada. Ni siquiera a un mar presentido. Siempre con Góngora:

«Dejadme llorar
orillas del mar.»


Los huertos dejan huella. En las manos del cuerpo y en las del alma. Su siembra, abono, desinsectación y desinfectación, su riego, y también el trabajito de colocar la guía de las plantas trepadoras por sus cañizas, huellas son. El momento mágico de juzgar si un tomate sabrá mejor esa madrugada o a la siguiente, marca trazas. Consumir en seis o siete días, siempre en plan “crudités” ya que no consigo ni freír dignamente un huevo, kilos y kilos de plantas hortenses imprime carácter. Huellas dejan los huertos. Y más si son inmediatos.


Así cantaba yo, por tientos, a mis “salvaoras” nínfulas:

«Inmediato.
En este huerto inmediato
donde beben mis palomas,
yo me siento
y me distraigo un rato
con ver el agua que toman.»

La guiri de guardia se quedaba in albis y me miraba como las vacas al tren. Y yo me marcaba una petenera, cante que para unos nació en las antiguas juderías españolas y para otros en un pueblecito gaditano níveo de cal moruna:

«Ven acá, “remediaora”,
y remedia mis dolores;
que está sufriendo mi cuerpo
una enfermedad de amores.»

Y se hacía una luz de luna que aclaraba todo entre nosotros.

viernes, 13 de agosto de 2010

EL HUERTO INMEDIATO X


( capítulo x )

( foto del autor)
Me llevé al huerto a unas pocas mozas extranjeras, de las que se matriculaban en los cursos de verano de la facultad de Filosofía y Letras de la Complutense. Yo recitaba a Lorca y ellas miraban mis verduras, hasta que se tocaban nuestras miradas. Advertía en ellas la ternura que a veces se siente ante una persona terminantemente decidida a llegar hasta el final, en busca de un objetivo imposible de alcanzar. Las que habían nacido en el campo me reconocían como a un igual, aunque Andalucía quedara lejos de Georgia y mi huerto fuera una maqueta o remedo de tal.

Pero Lorca es mucho Lorca, Los Panchos funcionan casi siempre y yo las amaba casi tanto como a mis matas. Nos sumergíamos en la música como en el mar. ¡Qué sentimentales y tiernas pueden llegar a ser las yankees, o las confederadas, cuando les tocas la tecla... romántica! No entendía la mitad de lo que me decían, pero seguro que era muy bonito. Conste que me atuve a mi regla: es inmoral acariciar a una chica que no te gusta. El escrúpulo desaparece si tú tampoco le gustas a ella.

Para mejorar mi swing con las gachises foráneas, quienes me liberaron de tantas y tan viejas represiones y tabúes, tomé unas clases de guitarra española con un maestro que era conserje del Ministerio de Obras Públicas y vivía en un chalet muy gracioso en la colonia de la “Prospe”. Yo tenía más afición que oído y la naturaleza no quiso obrar el milagro de convertirme en el único semoviente de mi viejo linaje, que se remonta a Adán y Eva, que lograra articular tres o cuatro notas musicales seguidas y acordes. ¡No se puede tener todo en la vida! Antes bien, es más probable no tener “naíta de naíta”, como lamentaba una maritornes familiar al contemplar el vacío y ruina de la despensa de sus señores. “Está la alhacena que se descalabran los ratones” se decía en Madrid.

Al atardecer, cuando decaía mi solitario ánimo, recurría a un método homeopático. Así como el veneno se cura con veneno, si me sentía triste leía a Schopenhauer, cuyo pesimismo telúrico y ontológico me suministraba inmediatamente la ración de optimismo que necesitaba. No acudí, por contra, a la medicina alopática y eso que por aquel entonces la simpatina y la centramina se vendían a go-gó, y sin receta, en cualquier botica. ¡Prohibición de la píldora anticonceptiva! ¡Barra libre para las anfetaminas psicoestimulantes! ¡Qué disparate de régimen!